Releyendo la historia yahvista de la creación


En el libro del Génesis encontramos dos historias diferentes que explican la creación del ser humano. La primera la encontramos en el capítulo uno[1], y forma parte de lo que se denomina tradición sacerdotal[2] (fuente P); mientras que la segunda aparece en los capítulos dos y tres, y proviene de la tradición yahvista[3] (fuente J). Muchas personas hacen una lectura literal de estas historias, o al menos eso es lo que dicen, porque releyendo esta tarde la segunda, que relata lo ocurrido en el jardín del Edén, a mí me asaltaban un mar de dudas y preguntas. 

Nueva ola teológica evangelical hispana


Según el profesor de Antíguo Testamento de la Facultad de Teología Evangélica de la Cruz Chispeante, Natanael Baleia, a Jonás se lo tragó un pez. Anna Whitemind, conocida especialista y licenciada en el gélido Seminario de Fair Bannks, pero que trabaja como misionera en un pueblecito soleado de la costa de Cádiz, afirma que hay pruebas bíblicas concluyentes de que Dios creó el mundo en siete días. Por su parte, el teólogo (por aclamación popular, aunque no pudo asistir a ninguna de las clases del Seminario Unido del Cristo Exaltado) Paco Gata, ha escrito un libro explicando que Moisés redactó el Pentateuco porque la Biblia lo dice. El profeta Juan Patmos, que recibe directamente los títulos teológicos gracias al Espíritu Santo, demostró en el pasado encuentro de hombres heterosexuales con Biblia negra y corbata azul, que sin lugar a dudas estamos viviendo los últimos tiempos tal y como claramente relata el libro del Apocalipsis. Éstas son solo cuatro muestras del alto nivel teológico del evangelicalismo “made in Spain” que tiene como máxima: “Si sabes leer… eres un gran teólogo”.

Familias gais. Nada mejor que un poco de realidad...


Desde que esta mañana temprano pasara por delante de casa un chico montado en un burro y tocando el flabiol, las niñas están emocionadas. Han saltado de la cama y han bajado las escaleras a toda velocidad, “papas, que ya empieza, que vienen los caballos”. Las fiestas de Sant Cristòfol son como el día de Navidad para Natalia, y ni que decir tiene para Àngela, que piensa que su hermana es lo mejor que hay en este mundo. Sorprendentemente bajaban vestidas y con la intención de salir a la calle, les hemos abierto la puerta para que los vieran, pero con la condición de que desayunaran primero. “¡Qué rollo, nosotras queremos tocar los caballos!”, Àngela repite lo mismo: “queremos tocar caballos”. Se han acabado la leche y los cereales en un tiempo récord y hemos salido para que pudieran acariciarlos. Àngela lo hace con miedo, en realidad es una niña algo tímida, pero si su hermana los acaricia ella no va a ser menos. Ayer mismo en el zoo, se puso una boa de dos metros en los hombros porque Natalia lo había hecho antes.

Recuerdo y olvido


Es difícil para las personas LGTBI tenérnoslas que ver con el recuerdo y el olvido de las experiencias opresivas que un día sufrimos, sobre todo en nuestro entorno más cercano, cuando sentíamos que no había otra forma de sobrevivir que comportarnos como heterosexuales. O también todo aquel rechazo del que fuimos objeto por parte de personas a las que queríamos, y a las que siempre habíamos estado dispuestos a apoyar, cuando les dijimos que éramos LGTBI. Pero es difícil hablar de todo esto generalizando, pensando que todas y todos hemos pasado por los mismos lugares, y que hay una única manera de sobrevivir al daño que la heteronormatividad nos ha infringido. Por eso esta reflexión, aunque creo que puede ser compartida por otras personas LGTBI, es ante todo una reflexión personal sobre la dicotomía entre recordar y olvidar, a la que he tenido que enfrentarme para poder vivir libremente como un hombre gay.


Caminos torcidos


“Jesús le dijo: Sígueme. Mateo se levantó y le siguió[1]

Recuerdo que cuando era pequeño algunas tardes mi madre iba a tomar café a casa de unos amigos y nos llevaba con ella a mis hermanos y a mí. La tarde por lo general se hacía interminable, escuchando sus conversaciones sobre Dios, y teniendo que merendar unas galletas que me parecían venenosas. Por eso, a menudo me levantaba con la excusa de ir al baño y tiraba las galletas por el váter. En el pasillo que separaba el comedor del baño había un cuadro donde se representaban dos caminos: uno amplio que recorría la mayoría de la gente con sonrisas y tranquilidad, pero que llevaba al infierno, y otro estrecho por el que caminaba con cuidado y esfuerzo muy poca gente hasta llegar al cielo. Al volver al comedor, y sabiendo que acababa de recorrer un tramo de ese “camino amplio”, ponía una cara sonriente y me volvía a sentar en la silla a la espera de que la visita terminara lo antes posible para poder ir a jugar con mis amigos.