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La cruz en tiempos de covid-19

Parece que a falta de representaciones teatrales, procesiones, sermones, o películas sobre la crucifixión de Jesús, este año se impone la realidad misma como forma de reflexión sobre un elemento central de la fe cristiana, la muerte de Jesús. Es duro que sea así, pero a estas alturas es más que evidente que estamos en ese punto. Cada uno de nosotros ocupa una posición respecto a la cruz en esta macabra escena: los enfermos y fallecidos clavados en ella junto a sus familias, los sanitarios y personal esencial al pie de la cruz acompañando a los que sufren, quienes intentan sacar algún provecho económico custodiándola para que sea visible por todos, personas de otros lugares del mundo viéndola pasar a través de la pantalla de su televisor o teléfono móvil, la población confinada en sus casas alejándose con miedo de ella como los discípulos, y finalmente dios, ocupando el mismo lugar que entonces, el de la ausencia.
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Con el COVID-19 #Yomequedoenlacalle

En este momento tan complicado que nos ha tocado compartir, el del Covid-19, yo intentó mantener las rutinas. Me levanto temprano, y mientras desayuno leo los periódicos para informarme de cuántas personas están ya infectadas y cuántas, lamentablemente, han fallecido. Después, reviso el correo para ver si mis alumnos me han enviado algún mensaje, les respondo y envío otras actividades. Cuando se levantan mis hijas, les ponemos el desayuno y subimos a la terraza para leer, o simplemente estirarnos al sol. Bajamos y nos conectamos todos al ordenador un rato para trabajar, hacemos la comida y, al acabar, una hora de descanso para hacer la siesta, escuchar música o dibujar. Retomo la jornada revisando los correos que me han vuelto a enviar los alumnos, mientras mi marido lee y mis hijas hacen un poco de inglés con Duolingo, escribo un poco, y a eso de las seis de la tarde damos por acabada la jornada de trabajo.

El otro discípulo, el que amaba Jesús

Según el Evangelio de Juan el primer testigo de la resurrección de Jesús fue María Magdalena. Ciertamente el evangelista conocía otros evangelios cuando puso por escrito su relato, sin embargo tiene cierta credibilidad histórica que María Magdalena, junto a otras mujeres, fuese la primera en anunciar que Jesús había resucitado. Eso es lo que dicen los testimonios de fe de las primeras comunidades cristianas, y eso es lo que recoge también el Evangelio de Juan. Aunque no hay que olvidar que el evangelista con una evidente intención teológica, modifica la tradición a la que tenía acceso para hacerla encajar en su teología, y nos dice, que María no fue la primera en entrar al sepulcro donde habían puesto el cuerpo de Jesús, tampoco la primera en creer en la resurrección, ya que al principio pensó que el cuerpo de Jesús había sido robado.

Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?

“Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al Sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que, si hallaba algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajera presos a Jerusalén. Pero, yendo por el camino, aconteció que, al llegar cerca de Damasco, repentinamente lo rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?[1]”.

Se quieren colar, te quieren robar

Ser gay y cristiano hace que a lo largo de la vida tengas que enfrentarte a experiencias de abuso por parte de quienes se otorgan para sí la posesión de la verdad. Y aunque con el tiempo aprendes a ver detrás de tanto dogmatismo el miedo y la inseguridad, eso no quita que las palabras hieran, y que seas consciente de que vives en un mundo donde hay gente, también cristiana, que pretende hacerte daño a ti y a tu familia. Personas que se creen autorizadas para entrar en tu vida y decirte desde su posición privilegiada, cómo debes vivirla o definirla correctamente. Gente que parece sentirse segura porque ocupa un lugar de poder, ese que les otorga la heteronormatividad, y que las capacita para repartirnos la aceptación o exclusión divina.