¿Figuritas de porcelana? Mejor un geyperman


Que la ignorancia es atrevida quizás justifique afirmaciones, artículos o manifestaciones varias contra la educación sexual inclusiva en los centros educativos. O, más bien, contra lo que los grupos de (re)presión conservadores (mal)llaman ideología de género. “Estamos preocupados por la educación de nuestros hijos”, “solo aceptamos lo que dice la ciencia, que se nace hombre o mujer, que no se nace neutro”, “no queremos que miembros del lobby LGTBIQ adoctrinen a nuestros hijos en las escuelas”, etc., etc.… Estos son algunos de los comentarios que se escuchan de padres y madres que, hasta ahora, pensaban que preocuparse de la educación de sus hijos e hijas era llevarlos al colegio, que la última vez que abrieron un libro de ciencia Plutón era considerado un planeta del Sistema Solar, y que serían incapaces de explicar que significan las siglas LGTBIQ, y mucho menos poner una cara conocida a cada una de estas siglas.

Populismo, política, miedo y cristianismo


A mí el concepto de políticos cristianos me da repelús, y jamás se me ocurriría votar a un partido político que pretendiese amoldar la Constitución y la democracia a su particular lectura de la Biblia. Sé que en otros lugares se vive de manera diferente, pero en Europa tenemos cierta alergia a este tipo de propuestas, ya que la experiencia histórica no ha sido buena. Por otra parte, como la mayoría de políticas cristianas están basadas en reafirmar los derechos de los hombres heterosexuales blancos, ricos y conservadores, un hombre gay como yo las vive como una amenaza. Y finalmente opino que, si la estrategia más evangélica de transmitir las buenas noticias de Jesús pasase por tener el poder político suficiente para poder imponerlas, Dios mismo hubiera hecho nacer a Jesús en casa del Emperador César Augusto.

Volver a Galilea e ir a casa



En los últimos versículos del evangelio de Marcos, el ángel le dice a María Magdalena, a María la madre de Jacobo, y a Salomé, que Jesús había resucitado y que ya no estaba en el sepulcro. Les pide además que informen a los discípulos de que han de volver a Galilea, solo allí encontrarán de nuevo a Jesús. Tiene muy claro que la buena noticia tiene poco recorrido en Jerusalén, la ciudad del Templo, que es el símbolo del poder religioso dispuesto a todo para que no cambie nada. Por eso los discípulos tienen que salir de allí y dirigirse al espacio donde reside el contrapoder del Reino: Galilea. Justo hacia ese lugar nos desplazamos en esta reflexión, y hacemos parada en los doce primeros versículos del capítulo dos del evangelio de Marcos.

La amenaza de la desesperación


Iba a empezar diciendo que respeto a quienes entienden el cristianismo como desesperación. Me refiero a los que creen que la vocación que han recibido consiste en hacer que la fe se mantenga como siempre fue, sin cambio, sin transformación, sin vida. Pero estaría mintiendo, porque en el fondo tengo la certeza de que los embalsamadores del evangelio son el peligro más importante al que se enfrenta hoy el cristianismo.

La pirámide gay


“…los primeros serán últimos y los últimos, primeros…[1]

Como tiene que haber de todo, hay personas que creen que no es así y que la suya es la única posibilidad de existencia, pero para quienes entendemos que la diversidad es, junto al amor, el regalo más preciado que se nos ha dado, sabemos que en cualquier lugar donde no se trabaje todos los días por hacer copias de no sé qué ser humano ideal; las personas somos, para lo bueno y lo malo, irrepetibles. Y esto evidentemente ocurre también dentro del colectivo LGTBIQ, no existen dos mujeres trans iguales, ni dos intersexuales. No hay dos bisexuales idénticos, con los mismos sueños, la misma forma de ver la vida y enfrentarse a ella… Y no hay, y sobre nosotros va esta reflexión, dos hombres gais calcados o salidos de la misma cadena de producción.