La carrera de María Magdalena

 


 «El primer día de la semana, María Magdalena fue temprano al sepulcro, siendo aún oscuro, y vio que la piedra había sido quitada del sepulcro. Entonces corrió y fue donde Simón Pedro y donde el otro discípulo, aquel a quien Jesús amaba, y le dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Salieron Pedro y el otro discípulo y se dirigieron hacia el sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas tendidas en el suelo, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro siguiéndole a él, entró en el sepulcro y vio las vendas tendidas en el suelo, y el sudario, que había cubierto su cabeza, no junto a las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido la Escritura: que era necesario que él resucitara de los muertos. Y volvieron los discípulos a casa. Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro...» (Jn 20,1-11)

 

 Hay carreras que pasan a la historia y otras que se olvidan rápidamente, así como las personas que en ellas participan. Aunque no seamos deportistas o historiadoras, muches de nosotres sabemos que el hombre que ganó los cien metros en las Olimpiadas de 1936 en Berlín fue Jesse Owens, pero lo más probable es que no sepamos qué mujer lo hizo en la misma categoría. La página web del Comité Olímpico Internacional (COI) nos resuelve la duda: fue Helen Stephens, una deportista excepcional. Este acto de visibilidad y de justicia del COI se ve ensombrecido cuando afirma que la corredora, apodada El Relámpago de Fulton, nunca se casó.[1] En realidad no está mintiendo, Helen Stephens no se casó, pero obvia que era lesbiana, y que no pudo casarse con la que fue su pareja durante cuarenta y un años, Mabel Robbe, porque el matrimonio entre personas del mismo sexo estaba prohibido. También obvia que en las Olimpiadas de 1936, después de que Helen fuera acusada por sus rivales de ser un hombre, tuvo que someterse a una revisión médica para demostrar que era una mujer. Sí, Helen Stephens era una deportista excepcional, humillada y silenciada.

El narrador del Cuarto Evangelio, como el COI, nos cuenta una parte de la carrera de María Magdalena, y nos oculta otra. Para él, ella es un personaje secundario de la escena cuya función es anunciar a Simón Pedro y al Discípulo Amado que se han llevado el cuerpo de Jesús. Por eso explica su carrera desde el sepulcro al lugar donde se encontraban ambos discípulos, después se centra en ellos y ella desaparece. Sin embargo, cuando la escena acaba y los dos discípulos vuelven a casa (20,10), la encontramos llorando junto al sepulcro (20,11), algo que lleva a preguntarnos cómo ha llegado hasta allí.

No sé si es lo que pretendía el narrador al encajar la escena de los dos discípulos de camino al sepulcro (20,3-10) en la escena de la aparición de Jesús a María Magdalena (20,1-2;11-18), probablemente no, pero si nos ceñimos al Cuarto Evangelio tal y como nosotres lo conocemos, parece que ha omitido que en el camino hacia el sepulcro no corrían únicamente los dos discípulos, también lo hacía María Magdalena. Llegadas a este punto, como lectores acostumbrades al borrado, no podemos más que buscar alguna forma de visibilizarla, de verla corriendo como el Relámpago de Fulton hacia el sepulcro.

María Magdalena no es Helen Stephens, no tenemos acceso a su carrera, a su voz, a su historia, el Cuarto Evangelio no nos la cuenta. El lector al que se dirige no pudo echar mano de los escritos sinópticos para tratar de rellenar este hueco, ninguno de ellos recoge la escena. Ni siquiera a la desesperada, buscando nosotras en los escritos gnósticos posteriores, o en alguna tradición perdida y encontrada en las cuevas de Qumram, hayamos una sola pista que nos explique si en esa carrera María Magdalena anduvo, corrió, llegó la última o la primera, si esperó a Simón Pedro o le pudo la impaciencia. Pero como un texto es una máquina perezosa que delega en el lector una parte de su trabajo, para que haya lectura y, por tanto, producción de sentido, es necesaria la cooperación activa del lector.[2] Por eso, creo que este es un buen lugar para rellenar el espacio que el narrador nos regala utilizando una hermenéutica de imaginación liberadora, que actualice la escena de una forma diferente, haciendo presente el sufrimiento, las luchas y las victorias de nuestras antepasadas, madres y hermanas, bíblicas. Desarrollando las figuras marginales y haciéndolas hablar en sus silencios.[3]

El narrador trata de hacernos pensar que María Magdalena estaba sola, como el COI al afirmar que Helen Stephens no se casó, pero ya hemos visto que cuando la hace hablar se le escapa el plural de «no sabemos dónde lo han puesto (20,2). Por eso en nuestra imaginación María Magdalena corre junto a otras mujeres hacia el sepulcro, cerca de ellas, porque no están compitiendo. No espera al final a las rezagadas, ni ninguna la espera a ella, van todas al mismo paso, como si fueran una sola, como cuando acompañaron a Jesús al pie de la cruz. Es cierto que no entienden lo que está pasando, pero las mueve el amor hacia el maestro. Comparten la experiencia de opresión del Imperio Romano, de la religiosidad androcéntrica, de la familia patriarcal. Y algunas de ellas añaden la de la diversidad afectiva, sexual o de género.

Son mujeres trans, cis, no binarias, lesbianas, bisexuales, heterosexuales, negras, tostadas, blancas, pálidas, con diversidad funcional, niñas, adolescentes, jóvenes, maduras, mayores, viejas, extranjeras, madres, hermanas, hijas, ricas, trabajadoras, explotadas sexualmente, pobres… Pero ante todo, son discípulas que aman a Jesús, y se dirigen hacia un sepulcro que está vacío. Les han robado al maestro, como a las Madres de la Plaza de Mayo a sus hijes. No quieren que el poder se apodere de los cuerpos, como las mujeres trans del Movimiento Eu Sou Trans en Angola. Están hartas de violencia, como una columna morada de mujeres mexicanas que gritan: «¡quiero ser libre, no valiente!».

Corren por delante del Discípulo Amado y de Simón Pedro, les muestran el camino, pero no para tratar de reivindicarse, sino porque lo conocen: lo habían tenido que encontrar y recorrer antes. Ahora comparten su experiencia, la ponen a disposición de quienes también aman a Jesús y, como ellas, han padecido la violencia de los dogmas y del poder desnudo. Saben dónde están los sepulcros cercanos a la cruz, todas han estado en algunos antes, esos en los que se introducen a las chicas muertas de la teología, se entierra a las lesbianas y trans, o se esconden las identidades de deseos no reconocidos que no pueden encontrar su nombre al reflexionar sobre Jesús, porque no hay en ellas nada traducible.[4]

No tienen fes perfectas, a menudo la realidad las hace tambalear, y tratan de buscar el camino hacia un lugar queer para la fe, en el que nadie espera que dios haga acto de presencia, y en el que seguro Jesús no está. No comprenden lo que está pasando, pero corren, corren hacia una meta donde nadie las espera, donde nadie dirá de ellas si han entrado las últimas o las primeras, donde su sexo las hará evaporarse para que otros puedan entrar primero: dos hombres al que ellas mostraron el camino que habían construido hasta el sepulcro vacío, cuando todavía era oscuro y nadie se atrevía a hacerlo.

Lamentablemente muchas veces las personas queer no valoramos suficientemente los caminos que las mujeres nos han abierto hasta el sepulcro en el que Jesús resucitó. Caminos que encontraron, trazaron, o construyeron ellas mismas cuando nosotres todavía no habíamos empezado ni a caminar. Como Simón Pedro o el Discípulo Amado también he sido guiado por muchas, pero tengo que reconocer que el amor indecente ha hecho de Marcella Althaus-Reid mi María Magdalena particular, esa que vino a decirme una mañana cuando yo pensaba que el poder religioso había acabado con Jesús: que el amor indecente se vuelve pedagógico porque enseña cuál es la diferencia entre la iglesia como colonia (o neo-colonia) heterosexual y la iglesia en tanto Reino cuir en donde el amor que excede a las instituciones sabe más y mejor los proyectos alternativos que buscan instaurar la justicia y la paz.[5] Ese amor alternativo es el que mostraron las mujeres que corrían como el Relámpago de Fulton hacia el sepulcro vacío guiando a los dos discípulos, un amor alternativo que puede guiarnos también a nosotres. 

 

Carlos Osma

Extracto del libro: El Discípulo Que[er] Jesús maba

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Notas:

[1] Comité Olímpico Internacional, Helen Herring Stephens [en línea] 2021 <https://olympics.com/en/athletes/helen-herring-stephens> [Consulta Febrero 2023].

[2] Daniel Marguerat y Yvan Bourquin, Cómo leer los relatos bíblicos. Iniciación al análisis narrativo (Santander: Sal Terrae, 2000), 200.

[3] Elisabeth Schüssler Fiorenza, Pero ella dijo. Prácticas feministas de interpretación bíblica (Madrid: Trotta, 1996), 81.

[4] Marcella Althaus-Reid, La teología indecente. Perversiones teológicas en sexo, género y política (Barcelona: Bellaterra, 2005), 150.

[5] Althaus-Reid, Dios cuir (México: Universidad Iberoamericana Ciudad de México), 270.

 

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