lunes, noviembre 19

Más allá de las palabras



Nombrar o no nombrar, poner etiquetas a las experiencias y sentimientos, o liberarlas de ataduras reduccionistas.... Parece que aquí reside a veces la gran batalla que vivimos a nivel personal, pero que en ocasiones es aún más cruda a nivel político, religioso y social. Palabras como cristiano, agnóstico, hombre, mujer, homosexual, transexual, enfermo, sano, rico o pobre... ¿no son más bien murallas que nos separan?¿no son el origen de muchos enfrentamientos?

En una primera lectura del mensaje evangélico tendríamos que decir que sí, que las palabras en realidad no son lo importante, que estas etiquetas que hemos construido para intentar explicar un poco mejor el mundo, el momento por el que pasamos, la manera en que percibimos nuestro cuerpo, o la opresión a la que hemos sido lanzados, no son lo esencial. Lo importante son las acciones, no importa de donde vengan, incluso podemos intentar olvidar las motivaciones de quienes las hacen. Lo importante siempre es la acción, y sus consecuencias.

La parábola del buen samaritano, por ejemplo, nos diría que lo esencial no es ser un maestro de la ley, un sacerdote, un levita, o un samaritano. A lo que nosotros añadiríamos que no importa si uno es pastor, atea, musulmán, heterosexual, pobre, o hija de inmigrantes... lo importante es la acción de abandono o de implicación que cada persona realiza con la realidad del prójimo. El comportamiento habla por sí mismo, las palabras están de más, o incluso engañan.

También al preguntarnos por Dios, la Biblia nos daría la misma respuesta; no se trata tanto de si es padre o madre, vengativo o liberador, un Dios de la ley o de la gracia... sino de ver las acciones que ha hecho y hace en su creación, a nuestro alrededor, y en nosotros mismos. Estas acciones son las que realmente explican quien es, las palabras podrían más bien alejarnos de Dios mismo e impedirnos percibirlo tal y como él quiere manifestarse.

Pero si bien es cierto que las palabras no son las cosas, no podemos negar que las visibilizan e incluso a veces, las hacen existir. Lo de si algo no se nombra, no existe, no es sólo una bonita frase, sino toda una realidad. Algunas personas sienten alergia, o cierto repelús de las etiquetas, pero olvidan que normalmente lo que pide ser nombrado, es lo que los poderes de cualquier índole quieren invisibilizar. Ser hombre, rico, de la religión mayoritaria, heterosexual, ejercer poder, o tener un cuerpo normativo y sano, no necesita pedir permiso para hacerse presente en el mundo, el mundo es suyo, y lo grita a los cuatro vientos en cada momento y lugar. Y lo hace utilizando etiquetas como normalidad, éxito, felicidad, equilibrio, armonía, etc... que no son más que la propaganda de quienes están arriba de la pirámide en la sociedad.


No se puede negar que por otro lado podemos encontrar a quienes utilizan las etiquetas para oprimir, olvidándose de que todo ser humano es más que una etiqueta. Me contaba una conocida que ya en su adolescencia se dio cuenta de que era lesbiana, durante casi veinte años vivió con una mujer de la que estaba enamorada, pero un día se enamoró de un hombre, y no sólo sufrió por la ruptura con su mujer, sino por traicionar a todo un colectivo. Las palabras describen, hacen comprender a las personas el lugar que ocupan, pero no las encierran en esos lugares. Toda persona es más que una palabra o que un conjunto de ellas. Pero sin palabras, las personas son invisibles. Incluso el Dios innombrable tiene una palabra en nuestro idioma, otra cosa es creer que la divinidad se agota en esa palabra.

La experiencia de muchos homosexuales ha sido la de no poder verbalizar sus sentimientos, como se sentían o quienes eran. Muchas comunidades que hacen esfuerzos por la inclusión, creen que el camino de no poner etiquetas puede ayudar a que las comunidades no vivan un enfrentamiento, pero no comprenden que lo que están pidiendo a quienes han tenido la necesidad de nombrarse para existir, es que no existan. Éste es sólo un ejemplo, pero podemos extenderlo a otras casuísticas donde las minorías son silenciadas, en aras de la paz comunitaria. Una mentira a todas luces, porque dónde hay personas sometidas, silenciadas, o humilladas, no hay paz, sino una tregua más o menos frágil que tarde o temprano dará lugar a un conflicto.

Si pasamos a un segundo estadio, donde la palabra ha logrado ocupar un lugar en la sociedad, la batalla principal pasa ahora a otro plano... al contenido. Se trata de intentar por todos los medios, otros lucharán por evitarlo, que el contenido de esa palabra sea el que nosotros queremos, y no tanto el que lo ha hecho aparecer, el que ha hecho necesaria su existencia.

Hoy en día, por ejemplo, la gran crisis que padecemos ha hecho más que nunca que la palabra pobre no se refiera sólo a unos seres más o menos lejanos, sino que tenemos la impresión de que la mayoría de las personas corren el riesgo de convertirse en pobres. Sin embargo ¿quién es el pobre? Pues en algunos casos la persona estigmatizada, por avariciosa, por vaga, por inculta, por estúpida, por dejarse engañar por bancos... y visto de esta manera, pues que corra con sus responsabilidades si se queda en la calle con sus hijos. ¿De dónde viene esta idea? Quizás deberíamos pensar a quién beneficia, a quién no cuestiona, para entender a quién le interesa que los pobres sean todo eso. Y es justo en ese punto, donde otras personas levantan la voz para decir que nuestros pobres son las personas oprimidas por los mercados, abandonadas por un gobierno que está a merced de la señora Merkel, o lanzadas directamente a la calle por los bancos que las desahucian.

En el ámbito religioso la palabra de las palabras es Dios, y aquí todo el mundo sabe que es donde se decide lo importante. Quién se lo lleve a su terreno gana, quien logre identificar su ideología, su manera de ver el mundo, con Dios, tiene la mitad del partido ganado. Dios es amor, pero.... y aquí comienza lo que intentará delimitar el amor de Dios que a tantos pone nerviosos. Aquí es dónde empieza la ideología de cada cual. Con el Dios es amor, no tenemos suficiente, Dios debe ser algo más que ponga orden a un mundo que a mí me parece desordenado. Dios es justo, pero la justicia de cada cual es la que ese Dios debe seguir. Dios es padre, pero un padre castigador. Dios es paz, pero la paz que yo elijo, aunque haga sufrir a mucha gente. Dios es éxito.... y aquí seguimos llenándolo con nuestras definiciones, limitaciones o aclaraciones, es decir con nosotros y nuestra manera de ver el mundo, porque en definitiva Dios soy yo.

Y quizás llegados a este punto, nos damos cuenta de que volvemos al principio, a preguntar por el sentido de las palabras. Y después de este camino, recibimos de nuevo la respuesta de que las acciones son las únicas que realmente definen, y que éstas son más libres que las palabras, por mucho que no podamos renunciar a ellas. Dios es quién se nos ha revelado y tal como se nos ha revelado, una persona transexual es mi compañera de trabajo, una persona con una enfermedad mental es mi hermana o mi amiga. Cualquier ser humano, aunque me cueste entenderlo, es mi prójimo, o al menos debería serlo. Allí, en la esencia, en el encuentro, está el sentido de las palabras, y sólo desde ese encuentro, y no desde nuestras ideologías particulares, debemos llenarlas de sentido.

                                                                                                                                 Carlos Osma

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