Caminos torcidos


“Jesús le dijo: Sígueme. Mateo se levantó y le siguió[1]

Recuerdo que cuando era pequeño algunas tardes mi madre iba a tomar café a casa de unos amigos y nos llevaba con ella a mis hermanos y a mí. La tarde por lo general se hacía interminable, escuchando sus conversaciones sobre Dios, y teniendo que merendar unas galletas que me parecían venenosas. Por eso, a menudo me levantaba con la excusa de ir al baño y tiraba las galletas por el váter. En el pasillo que separaba el comedor del baño había un cuadro donde se representaban dos caminos: uno amplio que recorría la mayoría de la gente con sonrisas y tranquilidad, pero que llevaba al infierno, y otro estrecho por el que caminaba con cuidado y esfuerzo muy poca gente hasta llegar al cielo. Al volver al comedor, y sabiendo que acababa de recorrer un tramo de ese “camino amplio”, ponía una cara sonriente y me volvía a sentar en la silla a la espera de que la visita terminara lo antes posible para poder ir a jugar con mis amigos.

Con el tiempo me he dado cuenta de que aquel “camino estrecho” lo toman algunas personas libremente, pero otras hemos nacido dentro de él. Y si fuéramos nosotras las que lo tuviésemos que pintar, quizás añadiríamos alguna que otra policía con porra para que no nos desviemos, alambradas electrificadas para hacer imposible la huida, y varios francotiradores sonrientes y buenos cristianos, dispuestos a darnos un tiro en la frente si finalmente decidimos abandonar el “camino estrecho” para siempre. Afortunadamente hemos logrado escapar de aquel tortuoso caminillo y ahora nos encontramos, parafraseando a Machado, sin camino… pero haciendo camino al andar.

Supongo que antes de que Jesús lo llamara, Mateo también tenía un buen “camino estrecho” que lo llevaba a algún cielo. Imagino que su religión, su familia, la sociedad en la que vivía, le marcaba cuál era el comportamiento que de él se esperaba. Es muy probable que aquello de ser un cobrador de impuestos para Herodes Antipas no debía de generarle muy buena prensa entre algunas personas, pero indudablemente muchas otras verían que ocupaba un lugar importante y necesario para la economía y la estabilidad de su país. También Jesús tenía trazado desde su nacimiento el “camino estrecho” que debía recorrer: ser un buen judío, un buen artesano como su padre José, o ocuparse de la casa familiar y de su madre María cuando ésta enviudó. Y podríamos decir algo similar de todas las personas que aparecen en el Nuevo Testamento y que en algún momento de su vida decidieron seguir a Jesús: María Magdalena, Marcos, Pedro, Priscila, Pablo, Febe… Seguro que para ellas, también había un “camino estrecho” trazado por las buenas costumbres y la buena voluntad de las personas que las rodeaban y las querían.



Pero si algo deja claro el Nuevo Testamento, es que todos esos hombres y mujeres que decidieron seguir a Jesús, torcieron su “camino estrecho” en busca de otra vida y de otro cielo. Y si decidieron torcerlo no puede haber otra razón que la insatisfacción, la vacuidad, o el sufrimiento que aquel buen camino les producía. Vivían atrapados en senderos que no eran los suyos, o al menos que no les proporcionaban el suficiente sentido a sus vidas. Al salirse de lo preestablecido, se convirtieron en discípulas y discípulos de Jesús, pero también en personas con una forma de vida torcida, desviada y queer. Todas ellas y todos ellos no eran respetables, ni ejemplares. No se ajustaban a lo que se esperaba de un hombre y una mujer de la sociedad de su tiempo, más bien se las consideraba una amenaza y un peligro. Por eso se las persiguió, y por eso se las asesinó.

Sigue habiendo muchos cristianos y cristianas LGTBI que gastan toda su energía en intentar seguir el “camino estrecho” para demostrar que son buenos cristianos, para pedir que les perdonen, o simplemente porque creen que son merecedores del sufrimiento que le produce seguir un camino que es de otros. Pero olvidan que el cristianismo, y el seguimiento de Jesús, comienzan siempre abandonando el “camino estrecho” en busca de otro que desconocemos, pero que se va trazando en el seguimiento, tras errores, tras fracasos, tras aciertos y victorias. El seguimiento de Jesús siempre tuerce el camino del ser humano, y lo lleva hasta un lugar nuevo donde se encuentra con otras personas que también han torcido el suyo. Buscar la bendición y el reconocimiento de otros cristianos, es una actitud comprensible, muy humana por otra parte, pero no es aquí donde nos convertimos en cristianos, sino cuando somos capaces de transformarnos en “pecadores y sodomitas” a ojos de los demás, torciendo el “camino estrecho” en busca de una vida real y plena.

Algunas tradiciones dicen que Mateo, aquel hombre que se levantó y dejó su vida atrás para seguir al maestro, fue martirizado en Etiopía. El cuadro de los dos caminos, que siempre me paraba a observar cuando era niño, me advertía que quien se sale del “camino estrecho” al final paga por ello. Supongo que eso fue lo que pensó también la familia de Mateo cuando se enteró de su muerte, y la de Jesús al verlo colgado de la cruz. Y la de cada uno y cada una de las personas que aparecen en el Nuevo Testamento y que murieron quemadas, crucificadas, traspasadas con espadas, o lanzadas a los leones. Ninguno de los seguidores de Jesús vio satisfecha su esperanza de ver la vuelta de su Mesías. Aunque murieran ancianos y en su propia cama, su final no fue el que esperaban. A ojos de todo el mundo, mejor les hubiese ido si hubiesen seguido la senda que desde el principio estaba marcada para ellas y ellos. Su final hubiera sido más feliz si se hubiesen resignado a seguir el “camino estrecho”.

También para mucha gente que nos mira a lo lejos desde esa vereda tan fina en la que cada vez caben menos personas, el final de las personas LGTBI hace patente su fracaso. Y lo creen porque son conscientes de que no alcanzamos la esperanza que teníamos depositada en Jesús cuando decidimos torcer nuestro camino para seguirle. No logramos cambiar toda la injusticia que nos rodea con una sola vida, con nuestra vida. Y no vemos el Reino de Justicia que perseguíamos y que nos dio la fuerza necesaria para apartarnos del “camino estrecho”. Pero no saben que ese camino torcido que hemos seguido durante años en busca de vida plena, ya justifica toda una eternidad lejos de su infierno imaginario. Que solo el instante en que nos atrevimos a comenzar a caminar sobre la nada, tras las huellas del maestro, vale más que toda una vida sobre un camino perfectamente trazado sobre nuestra negación y sufrimiento. No lo conseguiremos solos, no lo conseguiremos en una sola vida, hará falta mucha gente junto a nosotros, y después de nosotras, que se atreva a trazar nuevas sendas. Pero al final, si Dios quiere, caminar fuera del “camino estrecho” siguiendo a Jesús nos llevará hacia un mundo más justo y más humano, donde el valor de cada una y de cada uno no resida en su capacidad de ceñirse a una ley, a una letra, o una norma… sino al amor que ha sido capaz de compartir.



Carlos Osma







[1] Mt 9,9






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