martes, agosto 2

Marginar al Dios heterosexual



Creo que fue Dietrich Bonhoeffer quien hace unos ochenta años dijo que nuestra sociedad había enviado a Dios a los márgenes. Si durante miles de años el Dios que explicaba lo inexplicable ocupaba el centro del mundo, a medida que los seres humanos fuimos encontrando respuestas racionales para comprendernos a nosotros mismos y nuestro entono, Dios dejó de ocupar ese lugar central y su existencia se reveló como un comodín al que apelar en caso de desconocimiento. Quizás es por eso que ignorancia y fe van tan de la mano en el imaginario colectivo de nuestra sociedad. No hace falta decir que en estos ochenta años se ha dado alguna vuelta de tuerca más a esto de la marginación de la divinidad, y en una sociedad que prima el aquí y el ahora, eso de las preguntas últimas en las que vive encarcelado el Dios comodín parecen una verdadera pérdida de tiempo. Así que el Dios omnipotente que todo lo abarcaba ha quedado más o menos reducido a la nada, o más bien a la casi nada, porque en muchas ocasiones el cristianismo sigue empecinado en vender un Dios tapa agujeros que resbala en el alma de quien no se deja agujerear por preguntas que ya no se hace, pero que cala en la de aquellas y aquellos que, por un poquito de amor y de interés, son capaces de preguntarse lo que haga falta.


Además del Dios “respuesta para todo”, hay otros dioses que han ocupado y ocupan el centro de nuestro mundo. Uno de ellos es el Dios heterosexual, aquel que bendice a sus adoradores, que les otorga dignidad, relevancia, normalidad, credibilidad, y sobre todo poder. Está tan arraigado en nuestro mundo como hace mil años lo estuvo el Dios “explicación de lo inexplicable”. Y al igual que aquel, nos envía a muchos y a muchas a los márgenes de la sociedad y de las iglesias. Su propuesta homofóbica de la realidad nos la encontramos antes de nacer, y vivimos imbuidos en ella incluso cuando todavía no tenemos uso de razón. Quizás sea por eso que nos parece tan normal, natural, divina incluso. Y nos cuesta imaginar un mundo alternativo donde ella no lo determine todo.

Es triste que muchos cristianos LGTBI acepten conscientemente la marginación a la que son sometidos y renuncien a la dignidad que Dios les ha dado como seres humanos. Que vivan en cuevas oscuras y alejadas, como los endemoniados que encontramos en los evangelios y a los que Jesús quería liberar. Pero estos endemoniados del siglo XXI no quieren a ningún Jesús que les salve, ningún evangelio que les libere, que les llame a enfrentarse a la injusticia. Ellas y ellos viven cómodamente sufrientes en la nada a la que el Dios heterosexual les ha relegado. Su dolor y sufrimiento, llevado con la dignidad de quien acepta un castigo, es su forma de pedir perdón por no ser verdaderos y fieles adoradores el Dios heterosexual. Incluso a veces, se lanzan a la endiablada misión de ser guardianes de la homofobia para que nadie sea capaz de hacerles ver que son unos cobardes.

Pero no deja de ser también verdad que cada vez más cristianos LGTBI se atreven a salir de los márgenes donde se les ha conducido con la intención de ocupar el centro. Sin embargo, a menudo se olvidan que ocupar un lugar espacial es muy diferente que ocupar uno simbólico, y que se puede estar en medio del mundo sin ser uno mismo. Abrazando al Dios heterosexual uno puede sentirse querido e incluso valorado, pero indudablemente no se es liberado. Mientras el dios heterosexual no sea cuestionado, y deje de ser la medida de todas las cosas, la respuesta a todas las preguntas, la verdad última, el modelo correcto... Hasta ese momento, por mucho que los cristianos y cristianas LGTBI crean estar en medio del mundo, siguen formando parte de sus márgenes. Viven en un espejismo, en un engaño. El evangelio no consiste en poder sentarse en los bancos de las iglesias que nos abren gustosamente sus puertas, el evangelio consiste en liberarnos de las opresiones a las que somos sometidos, y una de ellas es indudablemente la que ejerce el Dios heterosexual.

La única forma de ocupar de verdad el centro, junto a otras personas muy distintas a nosotras, es haciéndolo siendo nosotros mismos, no comportándonos como la ortodoxia heterocentrada obliga. Y desde allí, por una parte, empezar a responder las preguntas que antes otros nos respondían. ¿Cómo leo yo la biblia como persona gay? ¿Cómo me interpela el evangelio desde mi experiencia como intersexual? ¿De qué forma puedo entender la divinidad como mujer lesbiana? ¿Qué significa la cruz para mí que soy transexual? Y por otra, dejar de empecinarnos en responder las preguntas con las que la heteronormatividad pretende controlarnos. A nosotras no nos importa saber en cuantos versículos bíblicos se condena la homosexualidad para intentar darles la vuelta. Lo que nos puede interpelar en el caso de que creamos que verdaderamente existen textos bíblicos que condenan nuestro amor, nuestra manera de ser o sentir, es de qué manera debemos entender la inspiración divina de un texto que claramente contiene mandatos inhumanos. Y si creemos que la interpretación heterosexual ha malinterpretado esos textos, quizás deberíamos reflexionar sobre cuáles son los límites de cualquier interpretación: ¿No importa que generen sufrimiento o directamente la muerte de otras personas? ¿Queremos seguir un cristianismo legalista o liberador? Hace tiempo que descubrí que la mayoría de preguntas que se nos lanzan “fraternalmente”, son sólo otra forma más de opresión heterocentrada. Una barrera con la que quieren impedirnos salir de los márgenes para legar al centro. Nuestra experiencia de fe no debería estar basada en superar las barreras de la heteronormatividad, sino en seguir a Jesús de Nazaret.

Arrodillarnos ante las preguntas que la heteronormatividad impone es renunciar a compartir el centro del mundo, de la iglesia, y vivir de una manera infantil e irresponsable. Las respuestas a nuestras propias preguntas pueden venir también desde una experiencia heterosexual que pretenda ser inclusiva, pero estamos tan viciados por el poder opresivo que ésta ha ejercido y ejerce sobre nosotros, que podemos ponerlas por un tiempo en cuarentena y buscar también respuestas que partan de una experiencia LGTBI. Cristianas y cristianos que han reflexionado la fe desde su diversidad sexual o de género hay muchas y muchos desde hace décadas, y sus opiniones, o experiencias compartidas si los tenemos cerca, pueden sernos útiles para ayudarnos a reflexionar, para empezar a vivir el cristianismo no como lo hace un heterosexual, sino como un intersexual, un transexual, un transgénero, una lesbiana o un gay. 

Es evidente que la heterosexualidad no incapacita a nadie para ser un cristiano cuya experiencia de fe pueda servirnos para profundizar más en la nuestra, al igual que no deberíamos ser tan ingenuos de aceptar acríticamente todas las propuestas que se nos hagan desde una perspectiva LGTBI. Hay muchos cristianos y cristianas LGTBI con una fe profundamente marcada por la homofobia. Como he dicho antes, no es tan fácil deshacernos de ella, aunque algunos crean que por utilizar la palabra inclusivo quedan automáticamente inmunes a la homofobia que llevan en los genes. Pero no desperdiciemos tampoco el tesoro que tantas mujeres y hombres LGTBI que siguen a Jesús nos han dejado. No empecemos el camino siempre desde el principio, atrevámonos a continuarlo desde el que otros hicieron ya. El camino hasta ocupar el centro de nuestro mundo no se recorre en una sola vida, hacen falta siempre muchas más. No seamos tan arrogantes de creernos todopoderosos, esos son los primeros dioses que viven hoy en los márgenes de la sociedad. Ni seamos tan estúpidos de creer que viviendo imbuidos únicamente en reflexiones, experiencias, visiones y teologías hechas desde la experiencia heterosexual, por muy inclusiva que esta diga ser; podremos liberarnos de la homofobia que el Dios heterosexual ejerce contra nosotras y nosotros. Si no nos abrimos a la experiencia cristiana LGTBI, no hay posibilidad de salir de los márgenes, del mundo de los que en realidad no cuentan, de los que no se espera nada, de los que son tratados como si no tuvieran nada nuevo que aportar, ni que decir.

Es posible que cristianas y cristianos LGTBI de otras generaciones no tuvieran las posibilidades que hoy se nos brindan, aunque en ocasiones se atrevieran a mirar por un momento a Jesús desde quienes eran, sin máscaras. Pero nosotras y nosotros sí podemos empezar a erradicar de nuestra mente, de nuestra alma, y de nuestra fe, al Dios heterosexual. Podemos lanzarlo a los márgenes de nuestras prioridades, para una vez allí, reducirlo a la nada. Pero para eso es imprescindible el contacto, la relación, la comunidad, con otros creyentes LGTBI que estén también decididos a seguir a Jesús desde quienes son, sin renunciar a nada. No se trata de buscar personas que nos quieran, que nos acepten, personas que se sientan buenas cristianas haciendo su obra de caridad con nosotros. Se trata de seguir a Jesús, de eso va el cristianismo, y seguirlo sin anular una parte de nuestra vida. Nuestra orientación sexual o identidad de género es una oportunidad que no podemos perder para desenmascarar a ese Dios heterosexual que dice ser la respuesta a todo, a nosotros no nos responde nada. Las respuestas que buscamos serán más o menos significativas en la medida que puedan dar contestación a nuestros interrogantes, no a los de otras personas.




Carlos Osma


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