martes, noviembre 10

Acerca tu mano y métela en mi costado



Me sorprende ver tanta energía malgastada en esconder las heridas con las que la heteronormatividad nos ha marcado. Tanta sonrisa falsa, tanto discurso políticamente correcto para hacer creer que no ha ocurrido nada, que todo ha sido fácil, que se ha superado la batalla contra la heterosexualidad obligatoria sin que el dolor y el sufrimiento nos haya empujado en más de una ocasión a la desesperación. Sigo sin entender porqué del armario sólo puede salir liberación y no sufrimiento, porqué nos cuesta tanto salir enteros.

No estoy hablando de mantener discursos de victimización que nos impidan vivir una vida feliz. No hay nada más triste que ver personas que se revuelcan en su dolor sin hacer nada para superarlo. He sido testigo muchas veces de como el dolor, el pesimismo y el sufrimiento son vividos de manera enfermiza, y de cómo algunas personas intentan ganarse el favor de los demás convirtiéndose constantemente en víctimas. Es una experiencia triste, pero no estoy hablando de hacer un espectáculo con el dolor padecido, sino de mostrar la realidad de nuestra experiencia, aunque no sea atrayente y bien vista por el discurso “ I’m a happy gay”.

La experiencia de todas las personas LGTBI que he conocido pasa por un punto que podría llamarse “muerte de las esperanzas heteronormativas”. Todas y todos hemos sido educados para ser unas mujeres o unos hombres que no somos, y eso irremediablemente no ha sido fácil, sino que ha necesitado de una lucha más o menos intensa según el contexto de cada cuál, con las personas que más queríamos y que a la vez podían hacernos más daño. Todas y todos los que vivimos “fuera del armario” hemos acabado muriendo a lo que deberíamos haber sido y hemos vuelto a nacer a lo que somos ahora. Conozco a cientos de personas LGTBI, y ninguna de ellas ha tenido un proceso similar al de cualquier heterosexual para autocomprenserse, sino que todas ellas han vivido en algún momento una ruptura, una muerte a los deseos heteronormativos con los que habían sido educadas. Y antes de esa muerte, siempre ha habido heridas y sufrimiento.

Es por esta razón que las personas LGTBI cristianas nos podemos sentir identificadas con Jesús de Nazaret. Su muerte no fue una paseo triunfal, allí hubo dolor y sufrimiento real, sentimiento de abandono de Dios. Y según nos relatan los evangelios, el Jesús resucitado no escondió las marcas que la muerte había dejado en su cuerpo, de hecho, tampoco negaban su resurrección, sino que eran pruebas irrefutables de que había resucitado. Y pienso que el evangelio con esto nos está diciendo algo importante: que las marcas del dolor que un día padecimos, no dicen nada en contra de nuestra nueva vida, sino que la afirman con rotundidad. Un día fuimos crucificados, pero Dios nos levantó de la muerte, y si lo ha hecho con nosotros, lo puede hacer con todas aquellas personas que viven crucificadas por la heteronormatividad. Nuestras marcas son el signo de la nueva vida para muchas personas, son evangelio, predicación de las buenas noticias, y por eso no deben ser escondidas.

Según el evangelio de Juan, el discípulo Tomás se negó a creer en la resurrección de Jesús hasta que no viera las marcas de los clavos en las manos del resucitado. A ese discípulo Jesús se le apareció y le dijo: “Pon aquí tus dedos y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente[1]”. Jesús no utilizó sus heridas para victimizarse, ni para explicar lo que había sufrido, sino como prueba de que la muerte no tiene la última palabra y la nueva vida es posible. Si queremos acabar con la incredulidad de la heteronormatividad, si queremos llamar a la fe en un Jesús para todas y todos, lo tenemos que hacer también mostrando nuestro costado herido. No por exhibicionismo, sino para anunciar la vida plena.

Del armario hay que salir enteros, y para ello no deberíamos esconder ni minimizar lo que hemos sufrido. La denuncia de la cruz no la pueden hacer personas que borran las marcas de los clavos en sus manos. Que existe vida después de la muerte heteronormativa no lo pueden anunciar quienes esconden su costado traspasado. Que Dios está con nosotros, que nos ha resucitado, no lo pueden gritar quienes esconden que un día fueron crucificados. Si de verdad fuimos azotados, golpeados, traspasados y colgados en un madero, no borremos de nuestro cuerpo la prueba del poder de Dios. No impidamos ver a los demás, que Dios puede levantarles de la muerte.



Carlos Osma







[1] Jn 20,27

1 comentario:

  1. wow! que hermosa reflexión! ayudaría a cualesquiera pata mirar deno de si y vencer los miedos.

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