martes, marzo 17

Reconócelo, te gusta que den.


Es domingo por la mañana y se levanta eufórica, nerviosa, deseosa. Coge un pantalón y una camisa, los zapatos y la chaqueta; y después de adecentarse la barba y tomar un desayuno rico en fibra, se dirige hacia la iglesia con una biblia de tapa negra versión Reina-Valera 1960 entre sus manos. El camino se hace largo, y por eso se apresura, salta, corre; hasta que la respiración y el corazón se aceleran, los músculos se tensan, y el flujo sanguíneo riega sus zonas más sensibles. Mejor ralentizar la marcha, se dice a sí misma, no sea que algún pequeño accidente haga que la celebración acabe antes de empezar.

En la puerta de la iglesia se encuentra con sus hermanas y hermanos oficialmente heterosexuales, y empiezan los besos, los abrazos y el resto de tocamientos que preceden a todo comienzo de culto. Entra en el templo, se sienta en un duro y poco acogedor banco de madera, y escucha la música mientras las voces se desvanecen. Cierra los ojos y piensa: “Yo también puedo estar aquí”. En ese momento una oración hecha desde arriba del púlpito rompe el silencio, la sesión ha comenzado, lo sabe, lo nota, ya está más que preparada para todo lo que vendrá, como todos los domingos desde hace años, desde aquel día que descubrió que aquel no era su sitio, que ella en realidad no era cristiana, ni siquiera persona, que no tenía deseos, ni sueños, ni vida... que sólo era sexo; y más que sexo, que sólo era un agujero negro en aquella comunidad, un agujero invisible pero apestoso. Por eso se pone tanta colonia, para que nadie la huela. Por eso se viste con esa ropa de camuflaje, para que nadie la vea.

Se pone de pie y vuelve a cerrar los ojos mientras canta “Vengo a adorarte” , y en ese momento se evade y se imagina lo feliz que sería si hubiese podido ser cristiana, porque una marica como ella por definición, nunca podrá serlo. Y le caen las lágrimas pensando en estar sentada al lado de una dulce y sumisa muchacha cristiana con la que hacer cosas buenas, naturales, normales y aburridas de cristianos. ¡Que feliz sería!, se dice una y otra vez. La canción termina, y ahora ya está lista y lo sabe, ya tiene su dignidad por los suelos, pero la cosa con un poco de suerte puede ir a peor... lo está deseando. Es el momento de la lectura del Antiguo Testamento, donde el dios macho le da por todos los lados, le encanta, tiene que reconocerlo. Ese dolor que le producen los insultos y los escupitajos del dios duro, fuerte, poderoso, implacable, pero macho, muy macho, le ponen a cien. Sólo un dios como ese le hace sentir el dolor que se merece por no ser una persona, por ser únicamente un agujero negro donde la Luz no puede reflejarse.

Después viene un momento incómodo, es el momento en el que se hace la lectura del evangelio, donde ese asqueroso y espantoso Jesús mariconazo habla de cosas poco viriles, cosas que tienen demasiado que ver con ella. Se remueve en el banco, esto pinta a gatillazo otra vez, y el evangelio le hace mirar hacia la puerta de entrada de la iglesia que una corriente de aire ha dejado abierta. Debería salir de allí corriendo si fuese seguidora del maestro, lo sabe, pero no tiene valor, le da miedo, o eso es lo que se dice para autoengañarse. En realidad le gusta estar allí, le gusta escoger el insulto, la infamia, la negación. Le gusta estar lejos del evangelio, por eso está sentada en la iglesia, por eso no se marcha. Por eso aunque hable tanto y tanto de Jesús con sus heterosexuales hermanos y hermanas, no lo soporta. Jesús es un marica blandengue que le ama, pero a ella no le gustan esos amores de bujarras, se merece algo mucho peor, más varonil. Se merece que la peguen, que la azoten, que la arrastren si puede ser, porque ella sólo es un agujero negro donde desapareció para siempre la dignidad.

El falo poderoso sube al púlpito, toma ahora la palabra y empieza a interpretar desde ahí, desde el falo, los textos bíblicos. Y ella lo mira con deseo, porque quien habla no es agujero, sino falo. A ella no le gusta el evangelio de Jesús que se centra en el culo, no le gusta tanta preocupación por quienes tienen el culo al aire, por sus necesidades, por sus carencias. Ella prefiere la violencia del poder, prefiere fantasear con ser quien no es, soñar con las mentiras de quienes le animan a resistir allí dentro, huir de lo real, escapar, ponerse a cuatro patas y leer al pie de la letra su Biblia Reina-Valera 1960 para que el falo poderoso la taladre sin cesar. Le gusta que le den, tiene que reconocerlo, pero no le van las mariconadas. También ella coge a veces prestado un dildo gigante, porque jamás podrá ser falo, y repite el discurso teológico del dios macho a pies juntillas, embistiendo a oyentes presuntamente heterosexuales, que saborean su dildo con gran satisfacción. Recibir y dar, mantener el poder del falo, aunque sea con una barra de goma que necesita de agujeros negros capaces de tragarlo todo sin rechistar.

Al terminar el sermón, todo está a punto, se levanta para formar parte de una mesa del engaño, no debería estar ahí, pero le dejan estar porque no existe, y quienes no existen, pueden estar en cualquier lado. Toma el pan y lo introduce en su boca, introduce el cuerpo de quien es incapaz de seguir, de imitar; el cuerpo de quien mantiene la puerta abierta del templo para que salga cuanto antes. Después cierra bien la boca para que los vómitos de ese pan no estropeen el momento, no vaya a ser que la Palabra de Cristo ensucie el altar. Se consuela pensando que su estómago no digiere bien el Cuerpo de Cristo y que lo depositará en cuanto acabe el culto en el lavabo de la iglesia. La expulsión es la única función aceptable de los agujeros negros.

Llega ahora el momento culmen, el delicioso vino, el líquido del estremecimiento, del placer. Y esta segunda forma la toma con deseo, pensando en la sangre de un Cristo azotado, crucificado que buscó anhelantemente el dolor como ella. Toma la copa que reparte el mismo falo que interpretó la Palabra, y la bebé. Algunas gotas resbalan sin querer de sus labios y utiliza la lengua para rescatarlas, pero ya es tarde. En el momento del éxtasis todo pasa a un segundo plano, ahora sólo disfruta, se agarra con fuerza al manto del púlpito e incluso grita con voz temblorosa: ¡Amén!.

Para eso ha venido hoy, y se va satisfecha. Nada era cuando vino, y nada es cuando se va. Ahora ya puede ir a casa para atormentarse, para llorar, para buscar consuelos, para preguntarse porqué es así. Ahora ya puede irse al mundo que se merece, el que ha decidido, el que ha construido con sus propias manos. Un mundo donde sufrir, donde no hay Reino, donde no hay amor, ni dignidad; sólo un pequeño agujero negro, como ella, que necesita satisfacción. Pero para eso están los domingos, y las iglesias, para responder a sus más bajas necesidades de placer.



Carlos Osma




3 comentarios:

  1. ¡Cuantas veces han intentado alejarnos del Evangelio! ¡Cuantas veces nos han presentado la Eucaristía como premio a la virtud y no como alimento para el camino! ¡Cuantas veces nos han hecho sentirnos lejos de la mirada de Dios! Pero el Señor, con enorme paciencia y cariño, ha salido a nuestro paso para recordarnos que somos hijos y por tanto herederos de su Reino.

    Un abrazo

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  2. Para mi como catolico gay es mas importaante la comunion cuando uno esta mal, vengan a Mi los agobiados y cansados, que Yo los aliviare.
    Otra pregunta querido Carlos, porque los protestantes se refieren mas al AT y del nuevo mas a Pablo que al mismo Jesus, es una apreciacion mia solamente
    Bendiciones +++

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  3. La mirada finita -propia y ajena- sin amor nos disuelve. Con o sin fe.
    Gracias por el post.

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