jueves, febrero 26

Un Mesías saliendo del armario



Una lectura queer de Mr 1,1-3,19

  1. INTRODUCCIÓN

1.1.  Para empezar situémonos.... ¿Cuándo, quién, dónde, cómo y porqué?

El Evangelio de Marcos fue escrito alrededor del año setenta. Tradicionalmente se atribuía a Juan Marcos que lo habría escrito en Roma basándose en las enseñanzas del discípulo Pedro[1]. Los estudios actuales apuntan más bien a Siria como lugar aparición, y a un desconocido Marcos, que no tendría nada que ver con el anterior, como autor[2].

Marcos lo escribió utilizando un Relato de la Pasión, escrito en Jerusalén en la década 40/50, relatos orales o escritos de exorcismos y sanaciones con las que la gente envolvió desde el principio la figura de Jesús, y tradiciones apocalípticas[3]. Es importante tener en cuenta que el autor uniendo todos estos elementos creó el género literario llamado “evangelio” que después seria imitado y adaptado por otros autores.

Los primeros seguidores de Jesús provenían del judaísmo pero más tarde, sobre todo gracias a la predicación del apóstol Pablo, personas no judías aceptaron el mensaje de Jesús (importante tener en cuenta que en aquel momento los cristianos, aunque con peculiaridades y ciertas tensiones, formaban parte del judaísmo). La conversión de paganos al evangelio produjo una fuerte discusión dentro del cristianismo que reflejan las Cartas Paulinas. ¿Tenían éstos que circuncidarse y cumplir la Torah? El Concilio de Jerusalén, hacía el año 50, aborda este tema y decide que no era necesario, sólo se les pide “abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de lo ahogado y de la fornicación[4].

Pero han pasado 20 años desde el Concilio y la comunidad para la que Marcos escribe, con intención canónica y relativizando la Torah, está formada mayoritariamente por personas que proceden del paganismo. Aún así, era una comunidad que todavía estaba dentro del judaísmo, y eso le generaba dos tensiones muy fuertes. Por una parte era percibida socialmente como una amenaza tras las revueltas judías que pretendían liberarse del poder de Roma, y por otra, era vista como una amenaza por el judaísmo ya que cuestionaba pilares básicos como la observancia de la Ley y el monoteísmo.

Sin embargo el Evangelio de Marcos muestra como, a pesar de las circunstancias, la comunidad marcana no se dejó llevar simplemente por estas dos tensiones, sino que se atrevió a reflexionar su fe en Jesús desde sus propias categorías, desde su propia experiencia y necesidades. No sólo como una respuesta a las preguntas que les venían desde fuera, sino buscando respuestas a las preguntas que en ella misma se producían.

1.2.  Compartiendo experiencias

Hacer una identificación entre la experiencia de los cristianos y cristianas LGTBI y la de aquella comunidad para la que Marcos escribió sería absurdo. Pero es evidente que salvando muchas distancias puede haber puntos de contacto. Si la comunidad marcana entendió que aceptar a Jesús no implicaba la aceptación de la Ley y normas judías; las cristianas y cristianos LGTBI entienden cada vez de una manera más clara que el seguimiento del evangelio no implica la aceptación del sistema heteronormativo con el que ha sido envuelto. Es posible vivir la buena noticia de Jesús desde la propia experiencia, y preguntarse con honestidad si aún hoy tiene algo que decir. Enrocarse en justificarse ante unas comunidades que viven con mayor o menor controversia la diversidad sexual y de género, forma parte de un paradigma ya caduco en el que se mueve con facilidad el patriarcalismo y el fundamentalismo. Las nuevas comunidades inclusivas formadas mayoritariamente por personas LGTBI reflexionan el evangelio desde lo que son, tratando de abrirse con honestidad a lo que creen que Dios quiere decirles.

La lectura del Evangelio de Marcos que sigue a continuación pretende ser una de esas reflexiones.


  1. PREPARACIÓN DEL MINISTERIO DE JESÚS (1,1-13)

2.1.  Comienza el evangelio de Jesús

La palabra evangelio, como verbo, indica la proclamación de un cambio inminente en el poder; Dios reinará y liberará a su pueblo. Como sustantivo significa el nacimiento o entronización de un emperador. Alrededor del año 68 d.C. Vespasiano llega al poder, saca al Imperio de una profunda crisis y trae la paz y la estabilidad. Sin embargo Vespasiano no formaba parte de una dinastía legitimada por nacimiento, por eso, para legitimarlo se decía que había sido elegido por los dioses y se cuentan historias de curaciones milagrosas que había realizado[5].

Los cristianos que predicaban y esperaban la vuelta de su Mesías Jesús para liberarlos, se encuentran que quien había venido en realidad era Vespasiano, el Emperador romano. En ese momento Marcos escribe su evangelio, mejor dicho su anti-evangelio. El mensaje será claro a lo largo de su obra: para ser un actor de ese cambio inminente que cristianos y cristianas esperan, se necesita entrar en el discipulado del sufrimiento, renunciar a toda propiedad y afrontar la persecución. La liberación pasa siempre por la entrega y por asumir riesgos.

Uno de los poderes que hoy envuelve a cristianos y cristianas LGTBI y al que tienen que hacer frente es el patriarcalismo.  Si anhelan la liberación que promete el evangelio, se enfrentaran a la opresión de quienes dicen que no pueden ser, sentir, o actuar tal y como son. Que la naturaleza o los dioses no los han elegido a ellas y ellos, y que tienen que renunciar y someterse. El evangelio, la buena noticia, parecen predicarla quienes les oprimen, porque da la impresión de que sólo ellos pueden asegurar una vida plena y en paz. Pero el evangelio del que Marcos habla comienza proponiendo a las personas LGTBI ser sujetos del cambio y afrontar con valentía los riesgos con los que el patriarcalismo les amenaza: exclusión social, religiosa, bullying, negación de derechos, ocultamiento, patologización, etc.

Desde ese aparente desierto al que son empujados por la heteronormatividad, los roles de género, o la moral sexual; se puede escuchar la voz del profeta que les cuestiona y les llama a crear caminos nuevos donde el verdadero Mesías pueda hacer su aparición.

“Voz que clama en el desierto:
-Preparad el camino del Señor.
¡Enderezad sus sendas!-”

La única manera de preparar el camino para la venida, para la vuelta de Jesús, es recorriendo el que él mismo hizo. Un camino que comenzó con su bautismo.

2.2.  El bautismo

Las personas que formaban la comunidad marcana sabían que habían recibido su identidad cristiana en el bautismo. Aquel fue el momento en el que se comprometieron a seguir el camino de Jesús, y en el que asumieron una identidad que no les ofrecía honor y poder en la sociedad a la que pertenecían, sino todo lo contrario. Los cristianos y las cristianas de la comunidad marcana sabían que no estaban siguiendo al Mesías Vespasiano que les ofrecía paz y seguridad, sino a aquel Mesías que fue bautizado en el Jordán por Juan el Bautista y que acabó colgado en una cruz poco tiempo después.

Marcos nos relata el bautismo de Jesús explicándonos que justo en ese momento Jesús fue consciente por primera vez de su identidad, de quien era. Y por mucho que se rodee de elementos sobrenaturales, la revelación fue personal. Sólo él vio descender una paloma del cielo y escuchó la voz de Dios. Al igual que él millones de personas LGTBI descubren cada día su identidad sexual o de género en soledad. Ese es el momento en el que son bautizadas, en el que como los primeros cristianos, son desplazadas del lugar que la sociedad les tiene asignadas. El descubrimiento de la propia identidad sexual o de género, es el primer sacramento para las personas LGTBI.

2.3.  El desierto

Después del bautismo, Jesús es llevado al desierto donde es tentado por el diablo. Una experiencia que tiene mucho que ver con la de muchas personas LGTBI después de ser bautizadas por el Espíritu que les ha revelado quienes son. Entre el descubrimiento de quién se es y la aceptación, hay un proceso más o menos largo que tiene por costumbre empezar en un desierto de tentación. Un desierto donde se invita a renunciar a la elección, al bautismo del Espíritu.

No deberíamos faltar a la verdad y reconocer que hay muchas personas LGTBI que no han seguido este camino hacia el desierto. Que la aceptación de su orientación sexual ha sido un momento vivido con las mismas dudas, miedos y alegrías con que lo viven la mayoría de personas heterosexuales. Y esto debe ser resaltado y celebrado, puesto que significa que el trabajo de mucha gente está dando sus frutos, permitiendo que cada vez más personas vivan de forma más libre y feliz. Pero estaríamos mintiendo si no recordásemos que para la mayoría de personas, muchas a edades muy tempranas donde todavía son vulnerables, el descubrimiento de una orientación sexual o de género no normativa produce consecuencias negativas e incluso trágicas. El desierto, la tentación de dejar de ser como se es, de rendirse ante el poder satánico del patriarcalismo y del fundamentalismo, es una experiencia que forma parte de la vida de la mayoría de personas LGTBI.

Pero el Evangelio de Marcos, sin negar esta realidad, nos dice algo más: que en aquel desierto, no sólo se es tentado por Satanás, sino que también se es servido por los ángeles. Jamás hay abandono absoluto, incluso en ese desierto en el que la soledad y la duda parecen imponerse, quien pensó en nosotros y nosotras desde antes de la fundación del mundo como personas LGTBI, no nos abandona. Quienes leen esta experiencia terrible simplemente desde el abandono absoluto, se equivocan.

Es cierto que el desierto en la Biblia significa un lugar de prueba, tentación, o el espacio donde se experimenta la propia vulnerabilidad; pero el desierto también es el lugar donde se experimenta la providencia divina, donde podemos encontrar a Dios, o el primer paso tras la liberación. Muchas personas quedan atrapadas tristemente en ese desierto, son vencidas por la tentación y son incapaces de plantearse su vida como personas LGTBI de una manera satisfactoria. Pero otras descubren que ese desierto ya es el primer paso para ser realmente libres, y que quedarse más de cuarenta días allí, no tiene demasiado sentido. Quizás no se tengan las fuerzas suficientes para reconocer ante todo el mundo quien se es, pero el Jesús del evangelio de Marcos invita a no permanecer en un lugar donde no hay posibilidad de vida. Llama más bien a salir de allí en busca de un camino de liberación junto a otras personas que también desean ser tratadas de una manera justa y digna, en un mundo diverso y más humano para todas y todos.


  1. INICIO DE LA PREDICACIÓN EN GALILEA (1,14-45)

3.1.  ¿Dejarlo todo?

“El Reino de Dios está cerca”, ese es el mensaje de Jesús tras su salida del desierto. No es un mensaje de resentimiento, de dolor o de odio, sino un mensaje de esperanza. Todavía no ha verbalizado ante las personas que tiene a su alrededor cual es su identidad, quizás todavía no está preparado, pero acepta la misión que tiene asignada por ser quien es: anunciar con sus palabras y con su vida que la voluntad de Dios, que ha sido sepultada tras leyes, normas y verdades absolutas, volverá a hacerse presente.

Es interesante ver como Jesús se acerca a otros hombres mientras limpian sus redes y les pide que le sigan. Estos inmediatamente lo dejan todo y van tras él. Es posible hacer una conexión entre este texto y las relaciones entre hombres en zonas de “cruising”. Es evidente que los lugares donde la homosexualidad es negada se convierten en zonas de “cruising” perfectas donde el sexo pierde su dimensión humana y es vivido sólo en su dimensión animal. Muchos se escandalizan y rasgan sus sotanas y biblias pensando en baños públicos, playas o paradas en la autopista donde se practica el “cruising”, pero se olvidan que esos lugares han sido creados por su opresión, y que la zona más grande de “cruising” en occidente es la Iglesia. El sexo anónimo, salvaje y de riesgo florece en los bancos y púlpitos de las iglesias donde se predica la homofobia; es la única expresión posible que tienen en ese lugar lesbianas y gays. Y allí, a esas barcas-iglesias que hace tiempo que no salen al mar, y donde las redes opresivas siempre se están poniendo a punto; viene Jesús para hacer salir a quienes desean algo nuevo, a quienes como Jesús descubren que su identidad les llama a construir una vida mejor donde el amor se haga presente en todas las dimensiones de la persona.

Para muchas personas LGTBI, como para los primeros cristianos y cristianas, seguir a Jesús significa dejarlo todo. Es un precio que hay que pagar para poder vivir en libertad, una tasa inevitable para poder amar y ser amado. Y eso es lo que hacen Simón, Andrés, Santiago y Juan cuando Jesús les llama a dejarlo todo; y lo que hacen todos los días mujeres y hombres LGTBI. Pero el evangelio no hace de esto algo trágico, ni convierte a estas personas en mártires; sino que pone todo el énfasis en el seguimiento de aquel que les llama para ser pescadores de hombres.

En Jesús y en su seguimiento reside la esencia del cristianismo, dejando atrás formas opresivas y paralizantes de entender a los seres humanos. Los discípulos de Jesús asumen que deben alejarse de lo que su entorno tenía pensado para ellos, dejan el lugar social y las responsabilidades que de ellos esperaba la sociedad y la familia, para ir tras un maestro que les pide “ser pescadores de hombres”, ser y anunciar el evangelio que traerá un mundo nuevo. Y las personas LGTBI cristianas deben entender que esa misma llamada se les hace a ellas hoy, dejar sus barcas-iglesias donde sólo pueden satisfacer sus necesidades negándolas, para ir tras el maestro que les llama a predicar el amor.

Sin embargo unos versículos más tarde[6] encontramos algo que nos sorprende... Jesús entrando en casa de de Simón y curando a su suegra. Evidentemente no todos los discípulos han tenido que pagar el precio de dejar la familia. Las comunidades cristianas a las que el evangelista escribía estaban formadas también por personas que como Simón eran cristianas junto a su familia. También las experiencias LGTBI en Occidente empiezan a cambiar y no todo el mundo tiene que abandonar su familia biológica para poder vivir en plenitud. Romper o no romper ese nexo sanguíneo no es mejor ni peor; lo importante, lo decisivo, es abandonar las ideologías y estereotipos con los que hemos sido educados, el patriarcalismo y el poder de la sangre, y ponerse en marcha tras Jesús para construir un mundo nuevo junto a personas con las que compartimos la misma fe y la misma lucha por la justicia.

3.2.  No se lo digas a nadie

Después de la llamada a los primeros discípulos el evangelio relata la curación de un hombre poseído por un espíritu maligno, un espíritu que lo hace parecer desviado y enfermo. Sabemos que la enfermedad puede ser una construcción social, y en el Evangelio de Marcos nos encontramos con una de ellas: la posesión diabólica. Gracias a esa construcción, las personas de hace dos mil años podían expresar su situación límite en un lenguaje aceptado públicamente[7]. Uno de esos “espíritus” creados socialmente siente miedo de la acción de Jesús, pero Jesús le hace callar y salir del hombre atormentado. Son esos mismos “espíritus” construidos, que conocen muy bien la identidad de Jesús, los que continúan todavía hoy atormentando la libertad de muchas personas LGTBI, intentando situarlas fuera de control. Sin embargo la mirada de Jesús nos hace mirar hacia otro lado y nos muestra el temor de esos “espíritus” por perder el control sobre lo que significa ser normal, estar sano, ser un buen ciudadano o una cristiana respetable.

Es muy relevante que la acción tenga lugar dentro de una sinagoga, dentro de un espacio religioso, puesto que la comunidad marcana sabía perfectamente la presión que el judaísmo oficial estaba ejerciendo contra ella para hacerles parecer endemoniados. Una presión que la mayoría de cristianos y cristianas LGTBI siguen sintiendo dentro de sus comunidades, y que sólo la Palabra de Dios puede hace desaparecer. El evangelio les invita a dejar de mirarse constantemente así mismos para justificarse, y a poner su mirada en el temor y el miedo a lo desconocido, a la diferencia, que sienten muchos heterosexuales cristianos que actúan de manera diabólica para defenderse.

Sólo la palabra de Dios, una palabra que se sitúa del lado de quienes ven negada su libertad, puede hacer desaparecer el espíritu de la letra, de la ley y del poder que azota a nuestras comunidades cristianas. Es la primera misión de los seguidores de nuestro Jesús armarizado, predicar en las sinagogas y expulsar de allí los demonios.

Otro de los milagros que relata Marcos es la curación de un enfermo de lepra, enfermedad mutilante y considerada vergonzosa en aquel momento. El leproso era en el judaísmo una persona inmunda[8] y así tenía que reconocerlo para ser después excluida de la comunidad. Pero lo que la Ley y la costumbre hizo impuro, Jesús purificó con su mano. El contacto con Jesús fue suficiente para que la lepra desapareciese. Y es ese contacto con Jesús al que las personas LGTBI deberían aspirar, es ese contacto el que las purifica, el que les saca de encima siglos y siglos de exclusión. Un contacto real, en el que los creyentes LGTBI se aproximan a Jesús tal y como son, sin fingir. Llevando consigo sus contradicciones y su fe. Acabar con la mirada que excluye, que cataloga como un peligro, que hace enfermar y sufrir, no es el camino que libera a las personas LGTBI. El militarismo, aunque imprescindible, no es suficiente para construir el Reino de Dios. Sin una transformación personal, no hay transformación social. Si los cristianos y cristianas no se sienten liberadas por Jesús, si no viven la convicción de ser amadas por él, su trabajo es en vano.

Después del milagro al leproso, Jesús le pide que no cuente nada de lo ocurrido. Jesús quiere mantener su identidad en secreto, sabe que su salida del armario lo pondría en una situación de riesgo que todavía no está dispuesto a asumir. Pero su demanda es un imposible y en cuanto se marcha, el leproso fue explicando lo ocurrido a todo el mundo. Es imposible silenciar el milagro, quizás como Jesús podemos no poner nombre a lo que somos por miedo, pero si de verdad estamos por la liberación, nuestras acciones pondrán en evidencia quienes somos. La pluma siempre nos acompaña, es nuestra raza. La pluma de Jesús, su diferencia, su elección, lo delataba mientras se movía todavía en tierra de nadie, en una zona intermedia entre el desierto y la resurrección.


  1. EL CONFLICTO RELIGIOSOS INEVITABLE (2,1-3,12)

4.1.  Monoteísmo

Sólo una comunidad cristiana mayoritariamente no judía como la de Marcos podía poner en duda el monoteísmo. La Torah lo afirma rotundamente: “Shemá Israel, Adonai Eloheinu, Adonai Ejad[9]  (“Oye Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno”). Y para una comunidad cristiana que todavía formaba parte del judaísmo, es evidente que esto suponía un gran conflicto con la ortodoxia. Pero para los seguidores y seguidoras de Jesús de la comunidad marcana, su maestro no era un hombre como los demás, en él veían la revelación divina, incluso a Dios mismo. Y esta percepción, esta convicción que se basaba en su experiencia, entraba en contradicción con la religión de la que todavía formaban parte: el judaísmo. Podrían haberse callado, haber intentado pasar desapercibidos, podían haber negado su experiencia y traducirla con las herramientas y los límites que el judaísmo oficial les aportaba. Pero la comunidad marcana decidió hacer lo contrario leyendo la tradición desde sus propias coordenadas. 

Y así podemos entender el texto en el que Jesús se atreve a perdonar los pecados a un paralítico, entrando en conflicto directo con los Fariseos y los Maestros de la Ley. Ante esta acción es evidente que los religiosos sólo podían exclamar sorprendidos y enfadados: “¿Quién puede perdonar los pecados sino Dios?[10]”. Una blasfemia como la de Jesús estaba basada más en la experiencia de las cristianas y cristianos de la comunidad marcana, que sentían perdonados sus pecados tras el bautismo, que en la práctica de Jesús. Y ante esta experiencia de estar tratando no sólo con un hombre, con un maestro o un mesías, sino con Dios directamente, el monoteísmo estricto del judaísmo parecía quedar tocado de muerte. Faltaban todavía unas décadas para que el cristianismo fuera expulsado definitivamente de la sinagoga por afirmaciones como ésta, y unos cuantos siglos para que la ortodoxia cristiana intentase hacer encajar la divinidad de Jesús con el monoteísmo.

Hasta no hace mucho tiempo, cuando se hablaba de sexo, género y orientación sexual, evidentemente sin utilizar estos conceptos, había un único Dios. Era el Dios masculino, que se comportaba “como un hombre” y cuyo objeto sexual eran las mujeres. La divinidad incuestionable no sólo dentro de las iglesias, sino en todos los rincones era el Dios macho. Esta construcción política no era neutral sino que se basaba en una manera de ver el mundo y de construirlo, una forma de elegir quien está arriba y quien abajo, quien está mas cerca de Dios y quien está más alejado. Una construcción estática dispuesta a permanecer así, sin moverse, por toda la eternidad; castigando, condenando y expulsando a quienes podían poner en peligro el estatus de los “santos”.

Pero las personas LGTBI saben que la divinidad también se revela en otras maneras de entender el cuerpo, en otras formas de relacionar el sexo y el género, en otras identidades. Saben que Dios no puede ser reducido sólo a las cinco siglas LGTBI con las que se nombran, pero tampoco al Dios macho. “No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las honrarás[11], dice la Torah. La heterosexualidad no es la divinidad, aunque Dios pueda revelarse en ella, la masculinidad no es Dios, y Dios no es el falo. La experiencia cristiana de las personas LGTBI puede toparse con una Diosa lesbiana, con una Diosa que nació encerrada en un cuerpo de macho, con un Dios bisexual al que le gusta dar y recibir placer con un dildo gigante.... La experiencia cristiana de las personas LGTBI, puede proponer miradas diferentes que destruyan la imagen del Dios macho todopoderoso, construyendo otras divinidades que sepan vivir en comunidad, que sepan compartir y aportar al resto de divinidades. Divinidades que no pretendan imponerse, sino expresarse, y que nazcan de la experiencia sabiendo que son efímeras. A la divinidad sólo nos acercamos con percepciones e intuiciones, jamás podemos abarcarla. La heteronormatividad es el pecado de reducir a Dios a la experiencia de unos pocos silenciando a otros. El Dios del Reino que queremos construir será queer, será una desviada, que no se revela de una única forma, ni de la misma forma para siempre. Un Dios que lo es todo en todas[12] y que gracias a la acción de Jesús es capaz de levantarse de su parálisis y moverse.

4.2.  La Ley

Cuando Jesús come con publicanos y pecadores, cuando se niega a reprender a sus discípulos por no ayunar o por arrancar espigas en sábado, cuando se atreve a curar a un hombre también en sábado, está transgrediendo deliberadamente la Ley. Sabe perfectamente que esto provocará un conflicto con los Fariseos pero eso no le frena en absoluto. La practica de las cristianas y cristianos de la comunidad marcana no se basaba en el Libro de la Ley, tenían la convicción de que los seres humanos no estaban hechos para la Ley, sino que la Ley estaba al servicio del ser humano. Entendían que formaban parte de una propuesta nueva y que la pureza no pasaba por cumplir las normas de la religión de la que procedían. No negaron completamente la Ley judía, pero la relativizaron. Jesús era la nueva Ley, y desde él se interpretaba todo lo demás, también a los seres humanos y sus acciones. Convirtieron a Jesús en el centro de todo, en el Señor de todo, también de la Ley. Y esta manera de entender la fe hacía que, como el mismo Jesús antes, se pusieran en una situación de riesgo ante la religiosidad dominante.

En una carta que Dietrich Bonhoeffer dirigió en 1938 a unos jóvenes de la Iglesia Evangélica Confesante, que se había separado de la Iglesia Evangélica Alemana por su apoyo a Adolf Hitler, les decía: “Existe la lucha de la iglesia como ley y la lucha de la iglesia como evangelio. En este momento, la lucha se nos ha convertido en buena parte en una ley, contra la que nos rebelamos: en una ley amenazante y colérica que nos derrota[13]”. En muchas ocasiones la lucha de la Iglesia se ha convertido en una ley, normalmente para apoyar situaciones injusta e inhumanas, pero al igual que los primeros seguidores de Jesús y tantas y tantas personas a lo largo de la historia, los cristianos LGTBI no deben ni pueden quedarse atrapados en la Ley, en justificar versículos, o analizar lecturas homicidas para desmontarlas. La lucha ya no es la Ley, eso fue un engaño en el que los creyentes LGTBI se han perdido durante mucho tiempo siguiendo el dictado del patriarcalismo religioso. La lucha es por el evangelio.

Todo aquello que no nos hace mejores personas, todo aquello que nos resta, que nos limita, que nos castra... aunque esté dictado en la Ley, no es nuestra nueva Ley. Sólo Jesús es nuestra Ley, una Ley que nos dirige hacia los demás desde lo que somos. Porque la nueva Ley de Jesús es el amor, el amor al prójimo que empieza siempre por el amor a lo que Dios ha hecho en nosotras y en nosotros. El evangelio salva, y cuando la Ley lo hace entonces debe ser seguida, pero cuando destruye debe ser rechazada.
  
El fundamentalismo religioso ve a las personas LGTBI como enemigas porque sigue un cristianismo de la Ley. En sus comunidades legalistas muchas cristianas y cristianos LGTBI se empecinan en ser humillados y destruidos. Probablemente porque no han entendido realmente que significa el evangelio, que significa seguir a Jesús, que significa construir el Reino de Dios. En la mayoría de iglesias hay creyentes LGTBI que se dejan torturar, que necesitan que les digan que los aceptan, que desean que sus familiares escuchen de la boca de las personas responsables que ellas y ellos son también queridos por Dios. Una práctica sadomasoquista que cuesta entender y duele ver. Pero Marcos les invita a cambiar esa dependencia de la Ley, de las seguridades, de lo aceptable, para correr el riesgo del evangelio. Sólo fuera de esas comunidades demoníacas se puede seguir el camino de Jesús; solo abandonando estas comunidades  se puede ser cristiana y cristiano evangélico.

4.3.  La elección

El último relato de esta primera parte del evangelio tiene lugar arriba de una montaña. Allí Jesús eligió a doce discípulos y los envió a predicar y sacar demonios. La montaña nos habla de estar en contacto con la divinidad y el número doce, de las doce tribus de Israel. Marcos está explicando a su comunidad que en Jesús hay una nueva elección, un nuevo pueblo, y la promesa implícita de un nuevo Reino. Hay una ruptura consciente con formas antiguas y caducas de entender el cristianismo. Ahora sólo Jesús es el centro de todo, el que elige, el que envía, el que construye un nuevo pueblo que dará lugar a un nuevo mundo. Y ellos, las cristianas y los cristianos de la comunidad marcana, junto al resto de seguidores de Jesús, son ese nuevo pueblo. Un pueblo que no es perfecto, entre ellos está también Judas, el que entregará a Jesús. Pero la elección no depende de la idoneidad de los elegidos, sino de la voluntad de quien lo hace.

Para las cristianas y cristianos LGTBI no hay muchos más caminos que la ruptura con las estructuras que todavía hoy están al servicio del patriarcalismo en las iglesias y en la sociedad. Ruptura con los discursos de odio, con los sermones de misericordia que niegan la dignidad de las personas LGTBI. Ruptura con quienes apuestan todavía hoy por un cristianismo del literalismo y de la Ley. Ruptura con quienes han convertido su forma de ser, de amar y de sentir, en la única forma válida dentro del cristianismo. Ruptura con las adoradoras y adoradores del Dios Macho.

Pero ruptura para un nuevo comienzo, para una nueva vida, para construir unas comunidades y un mundo mas justo donde el Dios diverso, el Dios desconocido, el Dios de amor, se pueda hacer presente. Ruptura para seguir el camino de Jesús no hacia la victoria, sino hacia Jerusalén, hacia la entrega y el nuevo nacimiento. Ruptura para vivir y dejar espacio para la vida.


Carlos Osma





NOTAS


[1] Esta opinión, casi unánime hasta hace bien poco, procede del siglo II. Concretamente de Papías de Hierápolis citado por Eusebio de Cesárea. «y el anciano decía lo siguiente: Marcos, que fue intérprete de Pedro, escribió con exactitud todo lo que recordaba, pero no en orden de lo que el Señor dijo e hizo. Porque él no oyó ni siguió personalmente al Señor, sino, como dije, después a Pedro. Éste llevaba a cabo sus enseñanzas de acuerdo con las necesidades, pero no como quien va ordenando las palabras del Señor, más de modo que Marcos no se equivocó en absoluto cuando escribía ciertas cosas como las tenía en su memoria. Porque todo su empeño lo puso en no olvidar nada de lo que escuchó y en no escribir nada falso». (Eusebio, Hist. Ecl. iii. 39).
[2]   Theissen, G. El Jesús histórico. (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1999). Pág. 45.
[3]   Ibíd., p.45-46.
[4]   Hch 15, 20.
[5]   Theissen, G. La religión de los primeros cristianos. (Salamanca. Ediciones Sígueme, 2002). Pág. 74-75.
[6] Mr 1, 29-34
[7] Theissen, G. El Jesús histórico. (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1999). Pág 350.
[8] Lv 13,45.
[9] Dt 6,4.
[10] Mc 2,7
[11] Ex 20, 4-5
[12] 1Cor 15,28
[13] Bonhoeffer, D. Redimidos para la humano. (Salamanca: Ediciones Sígueme. 1979), p.115.


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