viernes, noviembre 7

¿Quién es y quién no es protestante?



 

En principio es fácil responder a la pregunta sobre quién es y quién no es protestante si nos atenemos a lo que comúnmente se conoce como “las cinco solas”, que no es más que una doctrina de mínimos que comparten todas las iglesias que se consideran herederas de la Reforma, y que podríamos resumir así:


I)    Sola Scriptura. La Biblia es la única fuente de doctrina cristiana.

II)   Sola Fide. La justificación se alcanza por la fe.

III)  Sola Gratia. La salvación se obtiene por la gracia divina.

IV) Solus Christus. Jesucristo es el único mediador.

V)  Soli Deo gloria. Toda la gloria es sólo para Dios. 



La realidad muestra que estos límites identitarios permiten una gran diversidad. Por esa razón en las relaciones entre diferentes iglesias protestantes hay veces que se descubren muchos puntos en común, otras únicamente las “solas”, y a veces, las menos, se cree que con una determinada iglesia se ha dejado de compartir incluso alguno de estos pilares básicos. Actualmente el principio de la Sola Scriptura es el que está generando una mayor controversia y debate, puesto que no todas las iglesias protestantes leen la Biblia de la misma forma ni desde el mismo lugar, y por tanto, llegan a conclusiones distintas. 


Hasta no hace mucho tiempo, al menos en España, esto no había sido un problema de demasiada importancia y cada iglesia iba por su lado. Ya desde finales del siglo XIX, debido entre otras razones a los intereses de las diferentes iglesias extranjeras que habían enviado a sus misioneros, quedó claro que iba a ser imposible que la iglesia protestante en España fuera sólo una. La diversidad dentro del protestantismo español forma parte de su ADN, y jamás se ha logrado una postura común en su casi siglo y medio de existencia, más que la voluntad clara de hacer llegar el evangelio. 


El protestantismo en España, desconozco la realidad en otras latitudes, ha sido y es una forma de entender el cristianismo que no ha sabido aglutinar toda esta diversidad que atesora, ni sacar partido de ella. Tampoco ha sabido construir una imagen unitaria, y un discurso en el que todas las sensibilidades se sintieran cómodas. Es posible que algunas personas crean que eso es imposible, pero colectivos como el LGTB, con una mayor diversidad, han mostrado que con una clara voluntad puede lograrse. Lo importante es donde poner los objetivos, las metas a alcanzar. Cuando se ponen en la defensa de los propios intereses o en remarcar aquellos puntos que aglutinan sólo a las mayorías, la unidad siempre se rompe. Si por el contrario se defiende la posibilidad de existir con sus singularidades a cualquier forma de reflejar la fe protestante, podamos estar de acuerdo o no con ella, la unidad puede convertirse en una fuerza que permita una mayor incidencia del evangelio en nuestro país. 


Si a la imposibilidad de gestionar la diversidad, añadimos el desinterés por crear puentes entre diferentes sensibilidades o planteamientos teológicos, incapacidad para entrar en diálogo y participar con los distintos agentes sociales, y sobre todo una rigidez fundamentada en la ignorancia de quien cree poseer la verdad, podríamos hacer una foto bastante fidedigna del protestantismo español. 


Pero que no haya la voluntad, ni quizás la capacidad, de poder preservar la unidad del protestantismo, no significa que no se le esté intentando dotar de una determinada identidad. Es evidente que hay un interés por crear una identidad protestante, una imagen que pueda ser más o menos reconocible de lo que es ser un buen evangélico. Pero lo triste de todo esto es que se confunde la identidad protestante con la identidad del propio grupo o familia protestante de la que se forma parte. En resumidas cuentas, una lucha fratricida por imponer como válidos únicamente los propios planteamientos teológicos. 


Y para crear esta imagen ficticia que permita aglutinar, en vez de abrirse a la diversidad real, se ha decido apostar por cohesionar el grupo utilizando chivos expiatorios. Es decir, se está intentando crear una identidad protestante basada en negársela a las corrientes o planteamientos que se tachan de liberales y alejados de la ortodoxia de las mayorías. Se opta por sacrificar una parte para unir al todo, de acabar con las notas más discordantes del himno oficial. Algo que lo que hace, como siempre, es volver a atomizar al protestantismo y a radicalizarlo, convirtiéndolo en un discurso de extrema derecha en lo político y fundamentalista en lo religioso. 


No hay otra salida para los chivos expiatorios que buscar el propio camino, es bastante estúpido quedarse donde no te quieren. Los homosexuales que hemos vivido durante años en iglesias donde no se nos quería podemos explicar lo que sucede cuando uno se empecina en lo imposible: que al final uno acaba construyendo un cristianismo basado más en justificarse ante quienes no aceptarán ninguna justificación, que buscando la propia forma de vivir y compartir el evangelio. 


Y por otra parte no es malo que le digan a una iglesia que no encaja y que no se le quiera dentro de una manera opresiva de entender el evangelio. Que no se acepta su manera de interpretar la Sola Scriptura por no mantenerse dentro de unos principios teológicos protestantes del siglo XVIII. O que no se tolera su moral y pastoral basadas en la persona en vez de la Ley. Todo esto, en el fondo, no es más que la constatación de que hay cosas que se están haciendo bien. De que se está dentro de una iglesia protestante viva que no deja de reformarse, y que no está dispuesta a renunciar a la realidad para poder estar dentro de la ortodoxia.





Carlos Osma





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