lunes, septiembre 15

El santo resentido


“Entre tanto, el hijo mayor se hallaba en el campo. Al regresar, llegando ya cerca de la casa, oyó la música y el baile. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba, y el criado le contestó: - Tu hermano ha vuelto, y tu padre ha mandado matar al becerro cebado, porque ha venido sano y salvo-. Tanto irritó esto al hermano mayor, que no quería entrar; así que su padre tuvo que salir a rogarle que lo hiciese. Él respondió a su padre: -Tú sabes cuántos años te he servido, sin desobedecerte nunca, y jamás me has dado ni siquiera un cabrito para hacer fiesta con mis amigos. En cambio, llega ahora este hijo tuyo, que ha malgastado tu dinero con prostitutas, y matas para él el becerro cebado-“[1].

Según el “Informe sobre la evolución de los delitos de odio en España[2], el pasado año  452 homosexuales fueron víctimas de un delito de odio. El estudio “Homofóbia en las aulas. ¿Educamos en la diversidad afectivo sexual?[3]que se realizó el mismo año también a nivel español, refleja que uno de cada diez alumnos que ha salido del armario ha sufrido alguna agresión por parte de sus compañeros, y que la mitad de los adolescentes LGTB se sienten rechazados por la familia. Dos años antes, en 2011, la Universidad de Málaga presentó el estudio “Transexualidad en España: Análisis de la realidad social y factores psicológicos asociados[4]” donde se señalaba que más de la mitad de las personas transexuales han tenido conflictos en su trabajo, que muchas de ellas no han tenido apoyo familiar, y que su índice de desempleo es muy superior a la media. En cuanto al número de personas que han sido víctimas de terapias reparativas, no hay estudios realizados en España, pero si testimonios que muestran que se siguen realizando, sobre todo por parte de psicólogos y psiquiatras que proceden de entornos religiosos conservadores[5]. Todos estos datos son de un país que según un estudio del Pew Research Center[6] encabeza la aceptación social de la homosexualidad en el mundo, y donde sólo un 6% de la población opina que la homosexualidad es moralmente inaceptable. Así que no es difícil imaginar cual es la situación de las personas LGTB en otros lugares.

Si leemos la parábola del hijo pródigo teniendo en cuenta esta realidad vemos con claridad como la sociedad en las que vivimos se ha alejado de la casa del padre, de la casa común, a un mundo ficticio heteronormativo. Los estudios que se realizan ponen de relieve que ese mundo heterocentrado genera violencia, negación y dolor al intentar imponer una ideología que entiende la diversidad y la diferencia como un peligro a combatir. En ese mundo no hay padres, ni hijas, ni hermanos, ni amigas... quien no es como nosotros no es de los nuestros.

Sin embargo las cosas van cambiando y muchos nos sentimos afortunados de formar parte de una sociedad que ha decidido ponerse en marcha, hacia la casa el hermano y del padre, creando mecanismos que protejan a todas y todos de la violencia heteronormativa y patriarcal. En Cataluña está previsto que El Parlament apruebe una ley contra la LGTBfobia el próximo mes de Octubre[7]. Una ley que ha sido debatida y pactada por la mayoría de partidos, que recoge también aportaciones de muchas entidades catalanas, y que comienza aclarando la finalidad que persigue: “El objetivo de la ley de derechos de las personas gays, lesbianas, bisexuales y transexuales para la erradicación de la homofobia, lesbofobia y transfobia es desarrollar y garantizar los derechos de las personas lesbianas y gays, mujeres y hombres bisexuales y transexuales, y evitar situaciones de discriminación y violencia hacia este colectivo”.

Ante este tipo de reconocimiento, el de la necesidad de dotarse de unas leyes que permitan acabar con la lacra de la discriminación y la violencia hacia las personas LGTB que viven en Cataluña, nos sentimos algunas y algunos como en una fiesta donde el Padre ha sacado el “becerro cebado” para celebrar la vuelta de nuestros hermanos y hermanas a casa. Es un motivo de alegría ver delante de nuestros ojos lo que hace unos años éramos incapaces de soñar: la posibilidad de que las personas LGTB vean respetados sus derechos como cualquier otra ciudadana o ciudadano. No podemos bajar la guardia, claro está, y hay que ver como se llevan a la práctica estas leyes, pero indudablemente se abre un periodo de esperanza para la mayoría de la población. La invisibilización ha sido siempre una forma de humillar y someter, pero también de esconder la discriminación y el odio de los violentos. Pero nuestra sociedad ya no está por invisibilizarnos, se ha dado cuenta del pecado que ha cometido al alejarse de la casa compartida del Padre. Ha madurado, y ha entendido que la cohesión social tiene mucho que ver con el respeto a las minorías.

Sabemos eso sí que leyes como ésta han levantado las críticas de entidades y grupos que desde años han decidido vivir en la marginalidad y abanderar los discursos homófobos que después se materializan, como los estudios indican, de manera dramática. La jerarquía católica o la Alianza Evangélica Española son ejemplos de quienes se oponen a la aprobación de esta ley. Sin duda, si no tenemos perspectiva histórica, puede llamar la atención que dos entidades cristianas que hablan de amor, evangelio, respeto al prójimo, entrega o humildad se opongan a que un colectivo objetivamente discriminado pueda ser protegido legalmente. Puede sorprender que no quieran alegrarse de algo que evidentemente es motivo de satisfacción para las personas que creen en la justicia.

Pero en la parábola se nos habla claramente del hermano mayor, del santo resentido, aquel que no quiere entrar en la fiesta que el padre mandó organizar por la vuelta del hijo pródigo. Se nos habla de quienes creyéndose mejor que sus hermanos, y que incluso pudieron ser el motivo de que estos decidiera alejarse, se quejan por no ver respetado su trabajo, su opinión, su manera de ver las cosas. En el fondo es posible que el santo resentido se alejara de la casa del padre antes que su hermano, quizás no de forma física, pero sí emocional: su padre había dejado de ser su padre desde hacía tiempo para convertirse en un amo. Había cambiado el amor por la ley, y el cumplimiento de la letra le ayudaba a sentirse bueno, mejor que los demás.

La jerarquía católica y la Alianza Evangélica Española dejaron la casa del padre hace mucho tiempo. La homofobia es casi inherente a lo que son, y a veces parece imposible que puedan renunciar a ella. Y ahora se sienten ofendidas, no pueden comprender que el discurso homófobo que defienden no tenga cabida en nuestra sociedad, no comprenden la fiesta que se celebra en la casa que ellos decían amar, pero que en realidad sólo querían utilizar en su propio beneficio. En realidad el cristianismo, la fe en Jesús, les llama a entrar, a pedir perdón, a reconciliarse y a trabajar por la justicia, pero ellos están resentidos. Ellos siempre habían sido los buenos, pero en este momento sale a la luz su verdadera naturaleza, que son tan falibles y egoístas como los demás. No quieren que se les impida ejercer su odio, ni siquiera reaccionan ante la realidad, ante los testimonios de personas que explican la consecuencia de su cerrazón, de su homofobia. Pero a ellos esta gente no les importa, de hecho ni se acercan a ellas para dialogar, para hablar, como les exige el evangelio. Sólo quieren defender su falsa realidad, la que les presentaba como hijos fieles, cuando en realidad estaban en la misma situación que el hijo pródigo.

No existe en estos santos resentidos la voluntad de construir una sociedad plural que respete la diversidad, sino la de poder seguir transmitiendo un discurso de odio y discriminación que tiene un impacto evidente en las comunidades y las personas a las que representan. Y esta voluntad de segregar, de negar los derechos de las personas LGTB lo quieren disfrazar de libertad de expresión. Pero gracias a Dios vivimos en una sociedad en la que la libertad de expresión acaba cuando se vulneran los derechos de otras personas, cuando se incita al odio, se va contra el derecho al honor, o se injuria. No se les pide ni más ni menos que a otros colectivos, pueden opinar, valorar, pero no pueden incitar a la discriminación, si lo hacen, evidentemente, estarán incurriendo en un delito.

El padre pide al santo resentido que entre en su casa a celebrar la fiesta por la vuelta del hermano, quizás porque también quiere festejar la suya. Y aquí nos deja la parábola, sin saber si el hermano mayor entra o se queda fuera. Una entrada que sólo puede tener lugar si está dispuesto a festejar el perdón infinito del padre a dos hermanos que se alejaron de la casa común, de la casa de todas y todos. Es imposible entrar si persiste en su delito, en su odio, en su arrogancia, en su resentimiento... no importa que sea hijo, los santos resentidos siempre viven fuera de casa. Los santos resentidos no tienen padre ni hermanos, sólo una visión legalista que deja fuera el amor, y que les hace vivir como jornaleros. Pero la voz del padre sigue invitándoles a la fiesta, a unirse al gozo del hijo que se ha dado cuenta de su homofobia. La voz del padre les invita a abandonar ahora la suya, sin excusas, sin demoras... Sólo si son capaces de hacerlo, sabrán realmente lo que significa ser el hijo de un padre que ama incondicionalmente y que les perdona.


Carlos Osma



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