jueves, abril 17

Al que yo bese

El beso que con toda probabilidad más influencia ha tenido en nuestra cultura occidental, tuvo como protagonistas a dos hombres que se habían querido pero a los que las circunstancias, el egoísmo, las esperanzas truncadas y el poder religioso distanciaron. Un beso dado en la oscuridad, fuera de la ciudad y a la vista de otros hombres que a la postre originaría dolor, sufrimiento e incluso la muerte de ambos. Me refiero al beso con el que el discípulo Judas traicionó a su maestro Jesús.

El evangelio de Marcos nos cuenta esta historia situando a Judas, el traidor, entre dos poderes que habían entrado en conflicto, el de Jesús y sus seguidores, y el de los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos. Jesús había provocado en innumerables ocasiones a quienes detentaban el poder religioso, pocos días antes se había atrevido a predecir la destrucción del Templo, y éstos querían apresarlo para matarlo. Aquel pobre galileo se había convertido en un verdadero peligro para la estabilidad religiosa.

Judas es el nexo entre la religiosidad aferrada al poder y el Jesús liberador. Y ese nexo, según los evangelios, era un traidor. Una persona que vendió a su maestro, por el que lo había dejado todo, a quienes podían darle unas cuantas monedas que le ayudarían a vivir mejor. Seguir a un predicador itinerante anunciando el Reino de Dios pudo ser emocionante al principio, pero con el tiempo se había convertido en una pesada carga que aportaba pocas alegrías.

La comunidad que escribió el evangelio de Marcos había sufrido persecuciones y muchas veces se había encontrado en la tesitura de escoger entre estos dos poderes, el del Reino predicado por Jesús, o el poder político y religioso. Y en ocasiones la elección más práctica e inteligente para estos cristianos y cristianas del primer siglo, había sido renunciar a la fe cristiana, crucificándola ante sus conciudadanos. Por un tiempo valió la pena la locura del evangelio, pero la realidad se imponía y era más inteligente salvar la vida. El beso de Judas que tantos y tantas tuvieron que dar en los primeros siglos de nuestra era, nació de la necesidad por sobrevivir.


Besos de este tipo se han dado por millones de razones desde entonces, tener que escoger entre la vida y la religiosidad no ha sido nunca fácil. A los poderes religiosos no les gustan los mesías porque siempre les interpela y les anuncia que el Templo que han construido en su nombre, pero que han acabado por convertir en una cueva de ladrones, será destruido muy pronto. Los poderes religiosos por su parte siempre acabarán por destruir el evangelio porque lo que ellos quieren son seguridades y no la transformación radical del mundo en el que viven. Los poderes religiosos siempre crucifican el evangelio al lado de ladrones, para desvirtuarlo. Lo hacen parecer algo maldito, estúpido y arriesgado... sus monedas de plata, son la elección más inteligente para quienes se han creído al Mesías.

Los cristianos lgtb conocen muy bien como funciona este poder religioso, no hace falta que se lo expliquen. En innumerables ocasiones han vivido la experiencia de Judas, teniendo que elegir entre la tranquilidad que dan las monedas de plata, que no son más que la mentira, la ocultación y la doble vida; y la vida en abundancia que nace de la verdad, la luz y el amor que les propone un Jesús queer que se deja besar sabiendo que con ese beso se le está traicionando. Vivir la radicalidad de ser lo que cada uno es, sabiendo que Dios ama a cada persona tal y como es, o ir tirando con las monedas de los sacerdotes. Parece una elección fácil en principio, pero el poder religioso crucificará con el mesías a quien se atreva a elegir la vida.

Los cristianos lgtb viven constantemente ante esta elección, por una parte tienen a su maestro que les llama a una vida radical que no siempre es fácil, una vida alejada de los aplausos y el visto bueno de las mayorías religiosas, y por otra tienen a sus familias, sus iglesias o su entorno que les anima a escoger una vida cómoda, la vida del mentiroso y el traidor. Y no siempre se elige lo mismo, y no siempre se acierta. Y a veces se dan cuenta de que acaban de crucificar a quien desea salvarlos cuando ven las caras de aceptación en los poderes religiosos; y otras se descubren besando a Jesús pero para darle las gracias, para decirle que vale la pena seguirle, que sólo unos días junto a él valen más la pena que una vida con treinta monedas de plata.

Y un día como hoy, al leer en el evangelio la traición de Judas, me han venido a la mente multitud de personas lgtb que han sido crucificadas por sus familias y sus iglesias por salir del armario. Personas que eligieron no besar a Jesús para traicionarlo, sino para seguir hasta el final junto a él. Y me siento afortunado por conocer a estas personas, su ejemplo y valentía. No siempre las cristianas y los cristianos han sido tan valientes, no siempre han sido tan coherentes. Y ver testimonios reales de personas que se han arriesgado por el evangelio, a pesar de que ese riesgo no les ha traído reconocimiento, sino más bien desprecios, me ayuda a ver que todavía hay cristianos y cristianas que se han tomado en serio lo que significa la llamada de Jesús. Y ver su cara de dignidad, y la manera en la que son capaces de llevar los golpes recibidos, las heridas de su espalda, de sus manos, sus pies o su frente; me permite reconocer lo que significa la cruz de Cristo. Me permite conocer a otros Judas que decidieron no traicionar a su maestro, sino ir a la cruz con él, para nacer después, quizás por primera vez, a la vida.

Al final Judas se arrepintió del beso que había dado a Jesús para entregarlo, y se dio cuenta que lo prometido por los sacerdotes no satisfacía lo que deseaba. La historia de siempre, la religión se defiende siempre con espejismos que acaban por ser falsos. Y en ese momento Judas sintió la desesperación de no tener a su lado a su maestro, a quien tanto había querido, para poder abrazarlo y besarlo todos los días. A los otros Judas que yo he conocido, a esas y esos que enviaron a su infierno religioso a los sacerdotes y se quedaron junto a Jesús, nunca les he visto desesperados por la decisión valiente que un día tomaron. El seguimiento no es fácil, pero poder abrazar y besar al maestro todos los días, trae una paz que incluso en los peores momentos supera con creces unas míseras treinta monedas de plata.



Carlos Osma

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