martes, febrero 4

Mujeres encorvadas

Nos topamos con ella en el evangelio de Lucas(1), era una mujer encorvada que se encontró con Jesús en la sinagoga. Era eso, una mujer, pero una mujer a la que el evangelio no pone nombre, quizás por eso, porque era sólo una mujer. Así, de esa forma tan simple, se nos comunica que estamos entrando en un contexto patriarcal donde las mujeres son borradas y supeditadas al poder del varón, obligándolas a mirar hacia abajo. El contexto, por el contrario, sí recibe nombre: la sinagoga. Un lugar de reunión, de culto y de estudio, sobre cuyo altar se leía la Palabra de Dios.

El evangelista, inmerso en una cosmovisión de su tiempo, presenta la enfermedad de la mujer como causada por un espíritu maligno que pretendía evitar que ésta viviera en plenitud. La tenía esclavizada quizás desde siempre, aunque hacía dieciocho años que su cuerpo había empezado a padecer las consecuencias. Y es hacía ese cuerpo que el evangelio nos invita a dirigir la mirada, justamente hacia él; el lugar que los poderes patriarcales querían controlar.

El cuerpo no puede ser de la mujer, ya desde el Génesis la maldición de Dios sobre Eva(2) recae sobre su cuerpo, obligándolo a sufrir, y supeditando su deseo al del hombre. El cuerpo de la mujer, pasará a ser en el texto bíblico, algo peligroso que debe ser custodiado por el poder patriarcal y por las normas de convivencia que éste crea, condenándolo a ser un cuerpo tutelado. La mujer no tiene control ni responsabilidad sobre él, se descubrirá por tanto en un cuerpo poseído por alguien que no es ella misma, por un poder demoniaco que la humilla, la limita, y le impide vivir con responsabilidad.

Las mujeres con cuerpos no normativos serán marginadas aún más, por no cumplir las normas de género que la cultura patriarcal quiere imponer(3). Y aquéllas cuyo deseo afectivo-sexual va dirigido hacia otras mujeres, se verán silenciadas y borradas de la sociedad israelita. También las mujeres cuyo cuerpo refleje una procedencia distinta, correrán el riesgo de la exclusión(4).  Como afirma Judith Butler: “el rechazo de los cuerpos por su sexo, sexualidad o color es una expulsión de la que se desprende una repulsión que establece y refuerza identidades culturalmente hegemónicas sobre ejes de diferenciación de sexo/raza/sexualidad(5)”.


Mujer-procreación-familia, esto no es una posibilidad para el patriarcalismo, sino algo que va indisolublemente unido. Esa es la función de las mujeres en el mundo, esa y ocupar los lugares que los hombres abandonan en busca de otros que consideran más dignos. Un reparto no escogido, no creado por la naturaleza, sino por el poder del más fuerte. Ya Jesús había rechazado anteriormente esta reducción cuando una mujer le gritó: “¡Dichosa la mujer que te dio a luz y te crió!(6)”. Parece un grito de alabanza, pero Jesús se percató de la opresión que llevaba implícito. Aquello a lo que la sociedad obligaba, o la decisión personal que una mujer puede realizar libremente en la actualidad, no debe ser confundido con su fin último: “¡Dichosos más bien los que escuchan el mensaje de Dios y le obedecen!(7)”.  El seguimiento de Dios es lo primero, y ese seguimiento sólo es posible cuando la propia mujer tiene control sobre su cuerpo. Aquel que Dios le ha llamado a respetar.

Una mujer se encuentra con un hombre en la sinagoga, gracias a este encuentro ella puede levantar su cabeza. No se trata de necesidad, o de supeditación, sino de encuentro y respeto. Jesús es un hombre que reconoce a la mujer como descendiente de Abraham(8), por tanto, como parte del pueblo de Dios y con los derechos correspondientes, algo que no siempre ocurría en el judaísmo. El movimiento de la mujer no se dirige después hacia el hombre Jesús, sino hacia Dios. En la acción de Jesús ella reconoce la intervención de Dios para recobrar su dignidad. La labor por la justicia, y el rechazo al patriarcalismo, es una labor compartida en el respeto a las diferencias. Y la confirmación de su validez, es que libera a las personas para alabar a Dios, no para supeditarlas a otras estructuras sociales, culturales o religiosas.

Que la liberación de la mujer tenga lugar dentro de la Sinagoga, nos permite ver la dimensión salvadora que tiene la religión. Jesús representa la fe que pretende redimir a las personas de las opresiones en las que viven inmersos. Les devuelve la dignidad, les respeta, y desde esa dignidad les llama a reconocer a un Dios enamorado de su creación. Pero también dentro de la Sinagoga se pretende preservar las estructuras opresivas patriarcales. Es la religión al servicio del poder, no de las personas. La religión de la letra, de la ley y las estructuras; que necesita constantemente defenderse por miedo a que lo diferente le quite su lugar privilegiado. Y para ello se apropia de la Palabra de Dios que se lee sobre el altar, utilizando sus interpretaciones, como parte integrante de esa Palabra.

Jesús no interpreta desde la ley, sino desde la mujer oprimida. Esa es la verdadera religión, la que religa al ser humano con el Dios de la libertad, del amor y la diversidad. Por eso no hay que esperar más tiempo, no hay que respetar los tiempos de la religión, que trasladan la liberación del cuerpo de las mujeres para un día futuro. Los sábados de la exclusión pueden ser eternos para los excluidos, eso lo entiende muy bien Jesús. El momento de la liberación es hoy, el cristianismo del mañana es una cárcel para las cristianas que hoy viven oprimidas. Las mujeres y los hombres que forman parte de las estructuras religiosas, son llamados por Jesús a levantar la mirada de todas las personas que viven encorvadas en nuestro mundo, y eso, también incluye a nuestras respectivas comunidades religiosas.

Carlos Osma


Notas

(1) Lc 13,10-17
(2) Gn 3, 16
(3) Dt 22,5
(4) Esd 10
(5) Butler, J. El género en Disputa. (Barcelona: Ediciones Paidós Iberica, 2007), p. 262.
(6) Lc 11,27
(7) Ibíd. 11,28

(8) Ibíd. 13,16

Publicado en Lupa Protestante en Julio de 2010

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