sábado, enero 18

Marcos, Dios te ama


Hace dos días me envió un mensaje, en realidad era sólo una frase donde me preguntaba si había una iglesia cristiana gay en Barcelona. Al final hemos quedado hoy cerca de casa para conocernos y hablar un poco. He llegado cinco minutos tarde, él ya estaba allí, nos hemos dado la mano y para romper el hielo le he preguntado si hoy había tenido clases. Me ha dicho que no, que hoy no. Tendrá veintitantos, le cuesta mirarme a la cara y le noto muy nervioso. Mientras nos acercamos a un bar cercano vamos hablando de sus estudios, de la beca que le ha traído a Barcelona y de que no volverá a su ciudad hasta dentro de dos años. Por como me lo ha dicho no sé si esto último le parece bueno o malo, pero he preferido no preguntárselo.

Al llegar al bar nos sentamos y pedimos una cerveza cada uno, creo que le ha hecho gracia que pida una cerveza, me ha comentado que en su país los cristianos no suelen beber alcohol. Después, cuando la camarera se ha ido, ha explicado que no vive bien el hecho de ser gay y cristiano, que ha hecho todo lo posible por dejar de ser gay, y que durante meses se ha sometido a una terapia de reconversión. Me ha mirado fijamente a los ojos por primera vez y me ha preguntado cómo puede una persona hacer compatible su fe y su orientación sexual. Y me lo ha preguntado como quien se está hundiendo en el mar y grita que necesita un salvavidas. Le he tocado el hombro con la mano y le he dicho: Marcos, Dios te ama.

Siempre me pasa lo mismo, todo esto me hace retroceder mil años, y me acuerdo de todas las cosas que a mí me hubiera gustado escuchar cuando estaba al otro lado de la mesa. Si hubiese sido valiente le hubiera dado un abrazo, pero no lo he sido, y sólo me he atrevido a ponerle la mano sobre el hombro. Le he pedido que se olvide de las condenas que ha escuchado desde que era niño, de todos los mensajes negativos sobre su forma de amar y desear y que se pregunte qué hay de malo en lo que él siente; en enamorarse de otros hombres. Intentaba que viera que su odio a sí mismo no nace de cómo él es, sino de una ideología a la que no le gusta la gente distinta. Pero me ha sido imposible, es incapaz de mirarse a sí mismo sin las lentes de la homofobia.


“Nunca me he enamorado”, me ha dicho después. Ha cogido carrerilla y ha empezado a nombrar toda una serie de prejuicios sobre la homosexualidad: que los homosexuales nunca pueden ser felices, que son infieles, que uno de ellos se comporta como una mujer.... “Marcos Dios no sólo te ama como eres, sino que quiere que seas así. Él te ha hecho tal y como eres, y cuando huyes de ti mismo, estás huyendo de Dios también. No encontrarás a Dios en esos mensajes que no te aceptan”. Ha vuelto a bajar la cabeza y me ha dicho que no siente que Dios le ame así, se ha creado un silencio tenso, y ha añadido: “he intentado suicidarme varias veces”. Le he tocado el brazo derecho con la mano y he dicho: “la homofobia te está matando, pero Dios puede salvarte... de eso va en realidad el cristianismo, de vida y  salvación”.

Creo que mis palabras han rebotado contra un muro que él no ha construido pero que lo está asfixiando. De pronto ha recitado un texto de la Biblia de memoria: “ no yacerás con hombre como con mujer” , y le he respondido que la Biblia tiene miles de versículos en los que Dios quiere hablarle, no sólo cuatro. Que para muchos heterosexuales la homosexualidad aparece en la Biblia sólo cuatro veces, pero que para los homosexuales cada uno de los versículos de la Biblia están dirigidos a ellos. Y que en esos versículos Dios les guía y les muestra su amor, no una condena absurda. Le he explicado que leer la Biblia al pie de la letra es suicida, y que en realidad nadie lo hace. No le ha convencido, así que le he recomendado que si quiere cumplir al pie de la letra el texto que había citado, podía mantener sexo de pie. Se ha reído por primera vez.

No es la primera vez que me pasa algo parecido, y me siento impotente. No sé cuál es la manera de romper esa red diabólica en la que Marcos está atrapado. Ojala todo fuera más fácil y con sólo unas palabras se lograsen borrar todas las mentiras que impiden a personas como Marcos sentirse amadas por Dios. Pero la realidad siempre es más complicada.

Hemos estado hablando durante dos horas y media, hay veces que me atendía con interés, otras en las que no entendía lo que le decía. Pero Marcos ha escuchado desde antes de tener uso de razón, que Dios no le quiere. Y lo ha oído de labios de su padre, de su madre, de sus hermanos, del pastor y de cada uno de los miembros de su iglesia. Nuestras dos horas y media siento que son como una gota de verdad en un mar de engaño. Pero no me he dado por vencido, y antes de que nos despidiéramos le he vuelto a decir: “Marcos Dios te ama, y te ama como eres, piensa en todo lo que hemos hablado”. Me ha dicho con una sonrisa que lo haría, y después ha vuelto sólo a su mundo, mientras yo volvía a mi vida.

La homofobia no es un tema, la homosexualidad no es una postura teológica. Quienes se siguen moviendo en esas coordenadas, que tristemente son mayoría incluso en las iglesias más progresistas, no saben en realidad de qué están hablando. La homofobia es una ideología criminal que destruye la vida de muchas personas, y que crucifica a quienes se oponen a ella. La homofobia es la negación de la realidad que hace que muchas personas vivan humilladas, escondidas o relegadas a un segundo plano, en nombre de una ideología heteronormativa que muchos llaman voluntad divina. Y la homofobia es un pecado que mata, todavía hoy, en una ciudad moderna y cosmopolita como Barcelona. Quien relativiza el drama se aleja del evangelio.

Marcos, si lees esto, que no se te olvide: Dios te ama.

Carlos Osma



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