jueves, noviembre 28

Pablo, el apóstol de la ley


Aunque las cartas del apóstol Pablo se han interpretado de formas diversas a lo largo de la historia, tanto ayer como hoy, han sido las mayorías o los poderosos los que nos han marcado cuál era la lectura autorizada en cada momento. Advirtiendo antes de empezar que sólo soy un lector y no un especialista de la Biblia, y asumiendo que mi interpretación surge de un deseo de liberación y no de condena, me aventuro a compartir mi visión sobre los escritos de este apóstol.

Creo que Pablo es interpretado habitualmente como el apóstol de la ley, basta sacar un tema polémico, y sus versículos se convierten en dardos envenenados que se lanzan contra los “pecadores” de turno. La ley paulina es la ley divina, y por tanto, quien no se somete a ella queda bajo la irá de Dios. El problema que veo ante esta opinión tan extendida, es que importa bien poco lo que suponga para el prójimo la defensa de supuestas verdades absolutas. La ley se sitúa por encima del hombre, pero de una forma tan cruel a veces, que los fariseos de los evangelios son simples principiantes al lado de estos nuevos doctores en escritos paulinos.

La costumbre de hacer una lectura legalista y literal de sus cartas no es nueva, basta echar un vistazo a la historia, para ver cómo ha dejado tras de sí mucha injusticia y dolor. Es muy posible que sea ésta una de las razones por las que nos encontramos a menudo con personas que se sienten incómodas con ciertos versículos, y que incluso consideran, que con ellos se ha pervertido el evangelio de Jesús. Pablo es institución, ley y castigo, mientras que en Jesús encuentran libertad, amor y perdón.

Pero es suficiente con aproximarnos a la vida de Pablo, a través de sus cartas, para descubrir a una persona muy diferente de la que nos han enseñado. En esas cartas cuenta como fue un acérrimo defensor de la ley y un perseguidor del cristianismo, antes de sentirse llamado por Dios a predicar el mensaje de Jesús entre los gentiles. Relata además cómo en su intento por hacer universal el evangelio, chocó con las posturas más legalistas del joven cristianismo dominantes por aquel entonces.

Los judeocristianos defendían la posición más tradicional y que había sido la regla general hasta entonces casi con exclusividad. Jesús había predicado al pueblo de Israel y, aunque fue crítico con el judaísmo tradicional, nunca rompió con él. Por eso los judeocristianos pensaban que los paganos conversos al cristianismo, tenían que circuncidarse y observar fielmente la ley judía. Tenían miedo a que las fronteras entre judíos y paganos desaparecieran; miedo al “todo vale”. Era tal el problema, que ni siquiera podían sentarse a comer con los pagano-cristianos por miedo a contaminarse ritualmente.


Pero Pablo, el apóstol que actualmente muchos interpretan en forma legalista, dice que no. La salvación no depende de lo que judeocristianos o pagano-cristianos hagan con sus genitales: “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor”(Gá 5:6). No niega la ley, de hecho exige a los cristianos ser ejemplo de comportamiento ante el resto de personas, pero ella no es su guía, sino el Espíritu Santo que ha sido derramado sobre ambos. El Espíritu será el que genere en ellos la fe que se traduce en amor. Y es el amor, más que la fe o la esperanza, lo mayor de todo.
Algunos cristianos hoy día se sienten desnudos ante un mensaje tan “light” que no exige el cumplimiento estricto de normas legales. Por eso pervierten el mensaje de Pablo interpretándolo como la nueva y definitiva ley de Dios. Una ley con la que hacen tropezar a muchos, o con la que los encadenan en cárceles de desprecio, discriminación, odio o incluso muerte. Se niegan a reconocer, como sí hace Pablo, que no lo saben todo: “Ahora vemos por espejo, oscuramente; más entonces veremos cara a cara” (1Co 13:12). Prefieren jugar a ser dioses disfrazando sus morales conservadoras detrás de supuestos mandatos divinos.

Son muchos los que han sido atacados con textos paulinos: mujeres que desean liberarse del patriarcado, judíos, esclavos, homosexuales, ciudadanos que se revelan ante un gobierno corrupto, divorciados, sacerdotes que quieren casarse, enfermos que “no tienen fe”, madres solteras, hombres que visten “como mujeres” o viceversa, cristianos que se han casado con personas que no lo son, parejas que conviven sin casarse o que utilizan anticonceptivos, jóvenes a los que les gusta una determinada música o forma de vestir, personas que no asisten regularmente a la iglesia... A todos ellos quizás hubiese sido mejor recordarles las palabras: “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”(Gá 5:13-14). Algo que por otra parte, no se diferencia demasiado del mensaje de Jesús.


Carlos Osma


 Artículo Publicado en la Revista Lupa Protestante en Junio de 2008

1 comentario:

  1. Hola Carlos, yo tengo serias desave niencias con este caballero, he llegado a pensar que fue fariseo de punta a cabo, muy fundamentalista a veces sobretodo con el tema gay,y paginas muy ateactivas y poeticas , pero extraño para mi, he pensado en un discurso distinto al de Jesus, algo propio.
    Un abrazo

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