jueves, julio 11

Una mirada homosexual al Antiguo Testamento

La fe del pueblo de Israel se fue construyendo a lo largo de su historia. El Dios de los patriarcas es el mismo, y a la vez distinto del de David o Salomón, porque cada uno tiene una experiencia distinta del Dios único. “Yo soy el que seré”(1) le responde Yahvé a Moisés cuando éste le pregunta su nombre en el monte Horeb. Dios se presenta como aquel que en cada época histórica se puede ir descubriendo, y tal como se le descubra y como se le muestre, así será. Aquí está la responsabilidad de todo creyente, puede mostrar un Dios de amor, o un Dios cruel. La Biblia nos da ejemplos de ambas cosas.

Nosotros como cristianos y herederos también de este mensaje tenemos que repensarlo desde nuestra propia experiencia. ¿Qué nos dice a los cristianos homosexuales este mensaje? ¿Cómo podemos aplicarlo a nuestra realidad actual? ¿Nos dice algo distinto que al resto de cristianos?

Hay cuatro ideas que recorren todo el Antiguo Testamento y que cada una de las generaciones de israelitas fue actualizando según las circunstancias que les tocó vivir:

I) La historia del pueblo, pese a todo, está dirigida por Dios.

Esta idea nos da confianza, Dios nos dirige. Nuestra vida, todo lo que tenemos, todo lo que nos ocurre, aunque no lo entendamos, está dirigido por Dios. No importa si hay momentos en los que pensamos que Dios nos ha olvidado, u otros en los que lo sentimos tan cerca, que casi podemos tocarlo. Nos guía a pesar de nosotros mismos, y como al pueblo de Israel, nos llevará de la esclavitud a la libertad, o de nuestro olvido de Dios hasta el exilio en Babilonia. Así descubriremos en nuestra vida, que todo lo que somos, proviene de Él. Puede que podamos compartir nuestra fe con el resto de creyentes, o puede que estos nos rechacen, no importa, esto no nos debe mover ni un ápice de nuestra convicción: es Dios quien nos da la dignidad y quien nos dirige.


II) Dios llama a un elegido. Al profeta, a la comunidad o al fiel.

Esta idea nos interpela, Dios nos llama. No somos sólo receptores del amor de Dios, no somos únicamente seres discriminados, Dios nos llama. Nos llama para que a partir de nuestra experiencia podamos invitar al resto de creyentes a reflexionar: ¿Qué destruye el orden que Dios instauró, el amor entre dos personas del mismo sexo, o el trato discriminatorio que éstos reciben? Pero también somos llamados para convertir la discriminación que hemos sufrido, en amor sincero hacia quienes nos discriminan. Somos llamados porque no hay como sentir en carne propia el rechazo, para poder empatizar con todos aquellos que por otras miles de razones son también rechazados. Todos nosotros deberíamos afirmar como el profeta Isaías: “Jehová me llamo desde el vientre, desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria...Para que digas a los presos: Salid; y a los que están en tinieblas: Mostraos” (Is 49: 1, 9).

III) Dios promete una tierra y una descendencia.

Esta idea nos trae esperanza, existe un presente y un futuro para nosotros. Es posible construir una sociedad donde también nosotros tengamos cabida. Existe esa tierra en la que “mana leche y miel” (Dt 26:10), no un cielo inalcanzable, sino una situación real, en nuestro mundo, donde podremos vivir en plenitud. Para lograrlo, como hizo el pueblo de Israel, tendremos que luchar, pero es una situación alcanzable, una promesa que Dios nos da también hoy a nosotros. En la medida en que trabajamos para lograr que la homofobia desaparezca de nuestro entorno, estamos construyendo nuestra tierra prometida. Un lugar más humano para nosotros y un mundo más acogedor para las futuras generaciones de homosexuales. Ellos serán de alguna forma nuestra descendencia, ellos heredarán la tierra que nosotros les hayamos dejado, y tendrán la responsabilidad de seguir haciéndola más habitable para todos.

IV) Dios administra justicia.

Esta idea nos libera, Dios traerá justicia. Justicia no significa igualdad o uniformidad, tratar a todos de la misma forma. Para Dios no somos productos idénticos salidos de una cadena de montaje. Tratar igual al que está en una situación de ventaja que al que parte de una situación de desventaja es injusto. En el Antiguo Testamento el concepto justicia significa específicamente rescatar a la víctima, liberar al oprimido. Expresa sin lugar a dudas una reivindicación. El centro mismo de la Torah es hacer justicia donde no existe, una justicia que no se comprende sin amor ni misericordia. Por eso debemos alegrarnos, Dios nos traerá justicia, Dios está de nuestro lado, no nos abandonará, “Porque él es nuestro Dios; Nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano”(Sal 95:7).  De la misma manera, se nos pide llevar también nosotros la justicia a los demás: “Él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Mi 6:7).

Es evidente que estas cuatro ideas sirven para todas las personas, más allá de su orientación sexual, de su edad, de su género, de su color, etc. Es un mensaje universal, pero para que sea significativo, tiene que ser también un mensaje local, dirigido a un colectivo o a una persona en particular. Por esa razón me atrevo a dirigirlo al colectivo homosexual, la palabra de Dios también es para nosotros. Una palabra que nos repite constantemente que el centro de la ética es el amor al prójimo.

Así lo entendió Ruth cuando su suegra Noemí, anciana y viuda ya, se marchaba desamparada y sola hacia su antigua tierra: “No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová, y aún me añada, que sólo la muerte hará separación entre nosotras dos” (Rut 1:16-17). O como lo entendió Jonathan cuando ayudó a escapar a su amigo David de una muerte segura a manos de su propio padre Saúl. “Se levantó David del lado del sur, y se inclinó tres veces postrándose hasta la tierra; y besándose el uno al otro, lloraron el uno con el otro; y David lloró más. Y Jonathan dijo a David: Vete en paz, porque ambos hemos jurado por el nombre de Jehová, diciendo: Jehová esté entre tú y yo, entre tu descendencia y mi descendencia, para siempre”(1 S 20:41-42).


Carlos Osma


(1)     Ex 3:14. Mientras el texto griego habla en presente, el hebreo lo pone en futuro.
 Utilizaré siempre: La Santa Bíblia. (Miami, Florida; Editorial Vida, 1978).


Artículo Publicado en la Revista Lupa Protestante en Febrero del 2008

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Tus comentarios enriquecen este blog, y a las personas que lo leen. Así que muchas gracias por tus aportaciones. Recuerda que para que se publiquen debes indicar tu nombre.