lunes, julio 15

Sólo un Jesús marica puede salvarnos

La pluma gay y el martillo lésbico incomodan y molestan a la mayoría, aquí no hay diferencias en cuanto a la orientación sexual. Quizás molestan más a algunas, y algunos, homosexuales que intentan pedir perdón mostrando que no han sido infieles a los roles de género. Soy gay, pero no lo parezco. Soy lesbiana, pero nadie lo diría. El martillo y la pluma no tiene nada que ver con la orientación sexual. Mejor que no se nos meta a todas en el mismo saco, etc, etc, etc... Los rollos de siempre; justificaciones absurdas, miedos inconfesables y verdades a medias.

Propongo a todos los gays machotes, que se saquen la soga del cuello y se suban a unos tacones para chillar enfurecidas que son maricas. Y a las lesbianas dulces y femeninas que se quiten las bragas, y den un buen golpe en la mesa. Sí, uno de esos golpes en la mesa que sólo los tiarrones bolleros saben dar. ¡Basta ya de justificaciones! ¡A la porra con las autodefiniciones políticamente correctas! No somos gays y lesbianas, somos maricas y machorros. Y a quien no le guste, que no mire. A mí tampoco me gustan esas mujeres que viven felizmente sometidas o esos hombres orgullosamente respetables y poderosos, pero tengo que aguantarlos.

Y las que seamos maricas o bolleras cristianas, no tengamos miedo de construir una teología con tacones y sin bragas. Y construirla hasta las últimas consecuencias. A nuestro Jesús no lo aguantaba nadie por maricón. Por blandengue y afeminado, porque le encantaba besar a sus amigos y los perfumes empalagosos. Ese es el odio que en el fondo lo llevó a la cruz, eso es lo que no podían soportar los fariseos y los maestros de la ley. Un Jesús que se puso como una loca en el Templo, el centro de la masculinidad políticamente correcta. Esa masculinidad que todavía hoy algunos se empecinan en comprar para recibir el perdón del Dios macho y ser aceptados por sus adoradores.

Ya lo decía el profeta que el mesías no tendría atractivo, ni hermosura, y que sería despreciado y desechado por el resto de hombres[1]. Sí, por el resto de hombres, y mucho más por aquellos que eran como él, que no querían serlo y se pasaban la vida huyendo de si mismos. Aquellos que enterraban sus talentos bajo tierra para seguir siendo bien vistos y ocupar buenos lugares en la sociedad. Mariconas cobardes que lo llevaron a la cruz, para no ser ellas crucificadas.


A Jesús no lo soportó ni su propia familia, que se avergonzaba de la loca en la que se había convertido. Porque Jesús era eso, y sólo eso para su familia, una loca a la que era mejor ir a buscar para esconderla en casa y que nadie pudiera verla. Una esquizofrénica que no hacía más que pavonearse y decir cosas inapropiadas provocando situaciones embarazosas. Una perdida para la que eran más importantes sus amigas que su familia. Una incomprendida, una sabelotodo, una idealista, una alucinada que hablaba de que tenía un padre amoroso en el cielo que la amaba tal como era, a ella y a todas sus amigas. Un padre que como ella abrazaba, besaba, y quería a otros hombres y mujeres, un padre que lloraba y se emocionaba. Un padre tan mariconazo como el mismo Jesús. Un padre que era Dios, un Dios nuevo que rompía con cualquier imagen políticamente correcta de lo que debía ser Dios.

Y es ese Jesús el que puede traer salvación a la vida de tantas mujeres y hombres que viven una vida que no es la suya. A esos hombres que todavía se resisten a creer que sólo un Dios con pluma puede salvarlos, o a esas mujeres que les cuesta entender que sólo una Diosa con martillo tiene la capacidad de liberarlas.  La salvación de Dios es completa, también de la necesidad de tener que vivir bajo unos roles que esclavizan y que no tienen razón de eser. La salvación de Dios nos libera de nuestra antigua manera de vivir que nos llevaba hacia la muerte de quienes realmente somos, a través de la ruptura de los roles de género que nos quería imponer el pecado y sus sacerdotes.

Sólo un Jesús marica puede salvarnos a nosotros, sólo una Jesús marimacho puede salvarlas a ellas. Sólo dejando atrás tanta energía malgastada para comportarnos como no somos, nos permitiremos vivir más libremente siguiendo a un mesías incómodo al que no sentaríamos a la mesa de nuestros padres y madres para que no nos confundan con él. Si no somos capaces de aceptar que hemos de vivir repartiendo plumas y martillazos a los prisioneros del género que viven alrededor nuestro, mejor nos sería marcharnos a otro lugar, y dejar de preguntar que nos falta para tener una vida plena.

Carlos Osma




[1] Is 53, 2-3.

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