miércoles, enero 16

¡Jodie Foster, hija, ya era hora!



La noticia de la salida del armario de la genial actriz Jodie Foster ha recorrido el mundo en pocas horas. Allí, arriba del escenario, mientras recogía el premio “Cecil B. Demile” por su trayectoria cinematográfica, dijo explícitamente lo que todos ya sabíamos hace años: que era lesbiana. Esta confesión, al igual que los emotivos mensajes que envió a algunas personas, entre ellas a su expareja sentimental y amiga Cydney Bernard, con la que tiene dos hijos; hizo poner en pie a los asistentes a la gala, que la aplaudieron reconociendo lo que realmente es: una mujer excepcional.

Sin embargo que Jodie Foster era lesbiana no se puede decir que fuera un secreto, era más bien algo que se daba por sentado. Aunque por lo sucedido, da la impresión de que Jodie no se había dado cuenta. Lo que me hace recordar una situación similar que viví hace tiempo cuando un compañero, con el que trabajaba hacía más de una año, me pidió, con evidentes signos de nerviosismo, si podíamos hablar un momento a solas. Al principio me asusté un poco y pensé que le había ocurrido algo grave, pero cuando después de unos minutos de silencio me dijo que quería que supiera que él también era gay y que le había costado mucho decírmelo, me quedé sin palabras. Yo ya sabía que era gay, lo daba por supuesto en las conversaciones que habíamos tenido, de hecho creo que todo el mundo lo sabía, incluso los alumnos a los que enseñaba. Sin embargo él pensaba que vivía en el más profundo de los armarios.

Una de mis escenas favoritas de cine es aquella en la que Clarice (Jodie Foster) se queda encerrada en una habitación a oscuras con Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) en El silencio de los corderos. Cierto es que los espectadores, aunque entendemos que la situación ocurre bien a oscuras, vemos claramente lo que está pasando. Algo similar a lo que ha ocurrido en la vida de muchas personas homosexuales como Jodie Foster: suponían que estaban encerradas con su peor enemigo en un lugar donde nadie podía verlas, cuando en realidad todo el mundo era consciente de lo que pasaba.


¿Porqué la gente no se atreve a hablar? ¿Porque la gente cree que debe esperar a que la persona se atreva a decir que es gay o lesbiana, cuando no hace lo mismo con la heterosexualidad? ¿Porqué eso se considera respetar la libertad pero se nos adoctrina en la heterosexualidad desde que somos niños? ¿Porqué Jodie Foster como millones de personas en el mundo fueron educadas para ser heterosexuales y se les preguntó cuantos novios tenían, o cómo era su príncipe azul, y después se les “respeta” que no quieran contar hasta los cincuenta años que aman a una persona de su mismo sexo con la que tienen hijos? Ser homosexual es algo muy personal, pero ser heterosexual es de lo más público. Es evidente que todo esto encierra una profunda homofobia que intenta arrinconar y silenciar la homosexualidad. Una homofobia que en más de una ocasión ha sido interiorizada por muchas personas lesbianas y gays que se parapetan detrás de la indefinición y de la privacidad para no hacer lo que hace cualquier otra persona, vivir con naturalidad su afectividad.

Que las definiciones son reductivas es evidente, que la orientación sexual es mucho más compleja que unas cuantas etiquetas, también. Pero sólo la definición ha demostrado tener más fuerza transformadora que cualquiera de las interesantísimas teorías queer que llenan las estanterías de algunas bibliotecas. Decir soy lesbiana en público, asumiendo el coste que eso puede suponer, convierte a la persona en alguien que es capaz de renunciar a cosas importantes por ser quien realmente es. Los hechos heroicos son más transformadores que las doctrinas teóricas. Es evidente que para Judie, por su posición, esta declaración no supondrá un coste tan alto como para la adolescente que vive en una familia conservadora y ultrarreligiosa, pero hay que agradecerle que su salida del armario sirva para que estas jóvenes se atrevan a pagar el precio de la sinceridad, sin tener que esperar a los cincuenta años.

El otro día Jodie Foster acabó con su Hannibal Lecter personal delante de millones de personas, quizás le falto preguntar a quienes hoy la aplauden en todo el mundo porque no la había ayudado en esa larga y complicada cacería. Quizás la respuesta es que no se pusieron en su piel, esa que Hannibal Lecter ansiaba. Así que más que una afirmación de la propia identidad, de la que todos los medios de comunicación hablan, estaría bien reflexionar sobre qué podemos hacer para ayudar a todas las personas, que sabemos son lesbianas y gays, a salir de esa habitación oscura y peligrosa en la que conviven con ese criminal llamando “no aceptación”. A veces no es tan complicado, se trata de no esperar a que lo hagan ellas todo, podemos enseñarlas a amarse y respetarse a sí mismas, mostrándoles nuestra más profunda aceptación, amor y respeto.

Carlos Osma

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