lunes, enero 28

Acabar con la intolerancia


La lucha por los derechos de las personas lgtbi en la sociedad occidental parece que se decanta a favor de la inclusión. A pesar de eso no deberíamos cantar victoria antes de tiempo, ya que quienes se oponen no lo van a poner fácil y harán todo lo que esté en su mano para imponer sus absurdos prejuicios. Sin embargo todo parece indicar que poco a poco la homofobia, al menos la más evidente y descarada, va siendo arrinconada en lugares marginales, y que quienes detentan puestos de poder, por convicción o intereses más o menos evidentes, han decidido enarbolar la bandera de la diversidad.

Son los grupos religiosos más fundamentalistas, las instituciones más conservadoras, o las personas más rígidas, quienes a día de hoy muestran un mayor índice de intolerancia hacia la diferencia, y sobre todo, a que esa diferencia pueda ser protegida por la ley, o querida por el mismo Dios. Dicha intolerancia, como cualquier otra, sólo tiene razón de ser cuando alguien se siente atacado o ve peligrar su seguridad. No hay más que rascar un poco para verlo claramente, no hay convicciones, sólo miedo.

Algunas personas intentan tranquilizarlos, lanzando puentes para dialogar, intentando que el temor y los recelos desaparezcan. Para ello muestran al colectivo lgtbi como un grupo minoritario de personas más o menos aceptables, que sólo buscan poder vivir de manera digna, sin molestar o violentar a nadie. Se trataría en definitiva de animar a vivir y dejar vivir, no hay en todo esto un conflicto o enfrentamiento necesario, sólo el ejercicio del respeto, la tolerancia, o misericordia, que toda sociedad, comunidad religiosa o institución debería tener.

Pero, excepto raras excepciones, el fundamentalismo, la rigidez y el conservadurismo no se dejan engañar. Aceptar la diversidad lgtbi es dejarse derrotar, es tener que lanzar a la nada los fundamentos sobre los que han construido su existencia. Decir que ser hombre o mujer no viene determinado por los genitales, sino que es algo que se aprende de maneras diversas, pone en entredicho todo un sistema de convicciones que han dado sentido a una manera de entender al ser humano. Y es que el colectivo lgtbi no pretende convivir placidamente con ese mundo opresivo y cuadriculado que lo excluye, sino que quiere hacerlo desaparecer.


No se intenta defender tímidamente que Dios ama también a los homosexuales, sino negar que la heterosexualidad sea la voluntad de Dios para el ser humano. No se quiere demostrar que las familias lesbianas y gays son positivas para la sociedad, sino denunciar que en ocasiones las familias heterosexuales siguen siendo un mal lugar para que niños y niñas tengan las mismas oportunidades y sean educados en la igualdad. No se pretende defender el derecho de toda persona a una reasignación de sexo, sino evidenciar la estupidez que supone el etiquetar a una persona y advertirle de a que puede o no aspirar, con una simple mirada a su entrepierna en el momento de nacer.

Podemos decirles que en nuestro mundo ellos también caben tal y como son, y que respetamos su manera de pensar, o incluso de opinar, pero debemos ser sinceros: su mundo asfixia, hace sufrir y asesina, por eso queremos que desaparezca lo antes posible su propuesta de mundo hecho exclusivamente por y para ellos. No estamos de acuerdo con quienes pretenden pactar, con quienes creen que debemos renunciar a las diversidades políticamente incorrectas para que nos acepten, no estamos de acuerdo con ser asimilados en sus iglesias, instituciones o comunidades asfixiantes. Queremos transformarlas, hacerlas más humanas, más diversas, más reales y más justas. Hay que ser sinceros no estamos por la paz a toda costa, sino por el fin de una manera opresiva de entender al ser humano.

Y es por eso que están en todo su derecho de gritar en las calles, en sus medios de comunicación o en sus púlpitos, que tienen miedo. Más que derecho, tienen razones para hacerlo, puesto que no pararemos hasta que todos los seres humanos puedan decir libremente como se entienden a sí mismos, si quieren seguir siendo así o no, a quien desean, y con quien quieren compartir su vida. Prometemos respetar su derecho a opinar, a amar, a encasillarse y limitarse como cualquier otro ser humano, pero sinceramente reconocemos que trabajamos para que su ideología de odio desaparezca lo antes posible, incluso de su mente. Todo parece indicar que nuestra labor empieza a dar sus frutos, pero es importante no desanimarse, y sobre todo no bajar la guardia. La justicia nunca se logra sin perseverancia. Y erradicar por completo el miedo, aunque sea a la diversidad, nunca es fácil.

Carlos Osma

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