miércoles, septiembre 19

Fuera de la Iglesia está la salvación


Afirmaba Cipriano, allá por el siglo III d.C., aquello de “extra eclesiam nulla salus”. Para los que hemos olvidado las clases de latín, venía a decir que fuera de la Iglesia no hay salvación. Sin embargo, observo que muchas personas encuentran cada día la salvación fuera de sus iglesias, y descubren, que ésta no es posesión de una confesión religiosa determinada, ni siquiera de la religión; más aún, algunas personas se ven obligadas a salir fuera del ámbito religioso para no vivir humilladas, sometidas o simplemente para vivir en plenitud el mensaje del evangelio.

Con la palabra salvación, ocurre como con muchas otras palabras con las que nos llenamos la boca: que no sabemos exactamente lo que significan. Cuando promovemos o anunciamos la salvación, ¿de qué estamos hablando? Hace años pensaba que ser salvo significaba no ir al infierno. Pero pronto esta idea me resultó un poco absurda, demasiado abstracta, sin ninguna conexión con la vida real. Definitivamente tuve que abandonarla cuando mi creencia en el infierno se fue allí, al infierno.


Para aclarar a que me refiero al utilizar este termino, recurriré a una magnifica definición de Jon Sobrino: “salvación es vida (superación de las carencias básicas), en contra de la pobreza, enfermedad, muerte; es dignidad (respeto a las personas y sus derechos), en contra de irreconocimiento y desprecio; es libertad, en contra de la opresión; salvación es fraternidad entre los seres humanos, configurados como familia, lo que se opone a comprendernos, darvinistamente, como mera especie; salvación es aire puro, que pueda respirar el espíritu para moverse a lo que humaniza (honradez, compasión, solidaridad, apertura a alguna forma de trascendencia), en contra de lo que deshumaniza (egoísmo, crueldad, individualismo, arrogancia, romo positivismo)*.

Se que muchas comunidades cristianas promueven todos los días la salvación, y que multitud de personas viven y comparten la fe en ellas de forma viva y comprometida. Creo firmemente que dentro de las iglesias, Dios trae salvación, y que en muchos momentos ellas son portadoras de salvación a personas que viven en la más absoluta inhumanidad. Y no sólo lo creo, sino que he sido testigo de ello. Comunidades que con sus aciertos y sus fallos se han comprometido con su entorno, promoviendo la salvación que ellos mismos recibieron gratuitamente de Dios a través de otros seres humanos. Iglesias que no diferencian entre un “dentro” y “fuera” de ellas mismas, sino que han querido ser, junto a otros, sal del mundo. Comunidades que han entendido que es un error creerse capacitadas para separar, de forma precipitada, el trigo de la cizaña.

Pero por otro lado observo a menudo como una determinada forma de configuración y de comprensión de las iglesias se presenta como “la forma correcta” de ser de las iglesias. Si a esto se añade que otras visiones no son  bien recibidas, entenderemos perfectamente que haya un número cada vez mayor de personas que: o son marginadas dentro de sus comunidades, o directamente son sacrificadas por el “bien” del cristianismo.  Los primeros, los que han sido arrojados a los márgenes de la iglesia, intentan luchar desde allí para que otro mundo y otra iglesia sean posibles. Pero para muchas otras personas, que han puesto una parte de su vida en sus comunidades, ahora no queda otra salida que alejarse de ellas en busca de salvación.

Y es que sus comunidades, en ocasiones infantilizantes y alienantes, sólo les proponen una forma dualista de entender el mundo: los salvados, que son los que aceptan una determinada forma de entender la moral, al mundo y a Dios, y los perdidos, que son los que no se someten a esta comprensión tan estrecha del cristianismo. Se sienten estos últimos, coartados en su deseo de avanzar, de desarrollarse  plenamente como seres humanos, condenados en su búsqueda de la felicidad y la alegría de la vida, limitados a la hora de hacer o responder las verdaderas preguntas que se hace el ser humano.

Es cierto que muchas personas viven con dolor esta situación, muchos, incluso años después de haber salido de sus comunidades, y sabiendo que lo hicieron en busca de una verdadera salvación, recuerdan con nostalgia los años pasados, las personas que dejaron atrás, y se preguntan lo que podría haber ocurrido si sus iglesias hubiesen sido distintas.

Pero algunos de estos exiliados de la religión, reconocen que fue lo mejor que les podía haber pasado. Que su marcha les ha supuesto una apertura de horizontes, un conocimiento mayor del mundo en el que viven, un encuentro con otros marginados, religiosos o no, que les enriquece. Incluso han descubierto la experiencia de que es posible dejarse evangelizar por el mundo. Muchos de ellos han hallado la salvación que Dios les proporciona incluso junto a aquellos que no creen en ningún Dios. Han descubierto que la búsqueda y la promoción de la salvación de los seres humanos no tiene nada que ver con una religión, sino con  los hombres y mujeres que se implican en la consecución de un mundo más justo: el Reino de Dios.

No hay en ellos rechazo a sus raíces cristianas, sino la absoluta convicción de que el mensaje de Jesús y la intransigencia y sectarismo de sus iglesias les obligó a  abandonarlas. Creo realmente que fuera de las iglesias no sólo está la salvación, sino que a veces, es a través de las personas sacrificadas por ellas que Dios lleva la salvación al mundo real. Son otros discípulos enviados por Jesús, que no son defendidos ni apoyados por ninguna iglesia, que no están acreditados por ninguna autoridad religiosa; sino por sus actos, su compromiso y su fe en el mundo que hay más allá de la iglesia.


Carlos Osma



(*) Sobrino, J. “Fuera de los pobres no hay salvación”. (Madrid; Editorial Trotta, 2007), p. 84.

Este artículo se publicó en la revista Lupa Protestante en Septiembre del 2007 

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