lunes, julio 23

Delitos de género


Según la antropóloga Dolores Juliano la categoría “puta” es la frontera de género para las mujeres, y podríamos seguir que “maricón”  es la de los hombres. Ser hombre o ser mujer no es posible serlo de cualquier manera, sino que estamos obligados a serlo de unas formas determinadas. Bien es cierto que en culturas como la nuestra, hay una mayor permisividad, pero aún así no todo se permite, por lo que el estigma lanzado contra quienes voluntaria o involuntariamente incumplen el rol asignado a sus genitales sigue siento el mismo: “puta”  y “maricón”.

Puta no es la mujer que vende su cuerpo para satisfacer el deseo de los hombres, puesto que éstas sí forman parte del género mujer aceptado socialmente, aunque queden situadas en la base de la pirámide y relegadas, no a la marginación social, sino a las zonas oscuras que la sociedad ha creado para ellas en todas las ciudades que se precien. La puta de género es la que se comporta como un “hombre”, quizás porque tiene poder y lo ejerce sin vacilar, porque no tiene miedo y no necesita un superman salvador que le proporcione y satisfaga todas sus necesidades, o quién sabe, quizás porque utiliza su cuerpo libremente y se niega a taparlo, enseñarlo, moldearlo o manipularlo según las normas establecidas. Puta es sobre todo la mujer que no se somete, que tiene opinión y la comparte, que no agacha la cabeza y dice sí a todo lo que se le ordena. Puta es la mujer libre, que tiene la fuerza necesaria para ser ella misma donde la sociedad no le deja espacio para serlo. Putas  hay muchas, algunas con la capacidad de ampliar las fronteras de género, y otras caminando por “caminos de hombres”  que saben que muy pocas volverán a recorrer; pero qué importa, son sólo ellas las que deciden por dónde quieren andar.

Maricón es el hombre que renuncia a ser el Dios todopoderoso, el que no se sitúa en la cima de la pirámide del poder. Maricón es el perdedor, el que va contra su naturaleza de ser el primero, el que se deja dominar, el que muestra su debilidad en público, el que desordenadamente se comporta como una mujer. Maricón tiene poco que ver con la orientación sexual, tristemente tanto para homosexuales como para heterosexuales, no hay nada peor que parecer un maricón. Es fácil ver como en sociedades como la nuestra donde los hombres gays son ya una forma de ser hombres, éstos no se perdonen entre sí el delito de género. El hombre gay considerado poco masculino, el que suelta pluma, el que quiere ponerse rimel o dejar mover sus manos con libertad, éste sigue sin ser hombre, éste se queda fuera de la categoría y se le tacha de maricón. También el hombre heterosexual, se ve amenazado por esta categoría e intenta escapar de ella a toda costa, dejando de ser él mismo para ser lo que se espera de él, un “no maricón”, un “hombre de verdad”.  Oí una vez a alguien que decía: “soy un hombre, pero me lo estoy dejando”, con ello quería indicar que no quería sentirse atado, presionado, amenazado por lo que se supone que debería  hacer o ser, sino que poco a poco iba descubriendo quién era realmente y como quería ser.


Cuando pienso en todas las personas que por una u otra razón hemos cometido alguna vez en nuestra vida un delito de género, que hemos tenido que abandonar el lugar en el que se supone deberíamos vivir y movernos por haber nacido con un sexo determinado, me resuenan las palabras que Dios le dirigió a Abraham: Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré[1]”, o las que Jesús dijo a sus discípulos para que le siguieran dejando su casa, su trabajo, su familia y la vida que les esperaba[2]. Y me resuenan porque de alguna forma la experiencia de aquellas personas es similar a la nuestra, el abandono de un lugar, aunque sea simbólico, como el género, no es fácil, y no porque estemos haciendo algo contra lo que nosotros somos, sino porque ir hacia un lugar desconocido siempre produce un cierto temor, y más aún cuando no contamos con la aprobación del resto. Pero la promesa de seguir ese camino hacia lo desconocido, es llegar a una vida plena, feliz, donde podamos ser quien realmente queremos ser y desarrollar todas nuestras potencialidades. Y es que creo que para Dios debe ser bastante triste que las categorías de género nos impidan ser realmente felices. Así que ser puta  o maricón, más que un delito religioso, es una obligación desde la fe a la que se debería llamar desde los diferentes púlpitos que tiene el cristianismo en nuestra sociedad hoy.

El camino del exilio del género no tiene porque hacerse en solitario, siempre ha habido mujeres y hombres que con su ejemplo muestran que hay otras posibilidades, que no hace falta amoldarse a lo esperado. Putas y maricones siempre han habido en todos los lugares, y posiblemente siempre los habrán. Abraham no camino demasiado hasta encontrarse con otras personas, tampoco los discípulos estuvieron solos. Pero el peligro del exilio sigue siendo el mismo, creer que hay una única manera de ser diferente, y no entender que no buscamos una manera determinada de ser, sentir o actuar, sino que buscamos la libertad de poder ser, sentir o actuar a nuestra manera. El exilio es el lugar de la diferencia, de lo inesperado, del milagro. Porque cada persona cuando vive, actúa y se comporta como ella es, libremente, deja ver el milagro del amor incondicional de Dios por cada uno de los seres humanos, sean estos como sean.

Carlos Osma






[1] Gn 12, 1
[2] Mc 1, 16-20

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