martes, mayo 22

Jesús, un Mesías queer


Jesús no fue un Mesías al uso, no encajó en los esquemas que las principales corrientes teológicas habían elaborado para reconocer al enviado de Dios. Ni siquiera sus seguidores lo llegaron a entender al principio; por mucho que él les hiciera ver quién era, ellos estaban completamente cegados por sus prejuicios. Jesús era diferente, queer, demasiado queer para ser comprendido, y por eso tuvo que sufrir el acoso de los religiosos de su tiempo y el abandono y la negación de los que tenía más cerca.

La cruz fue un aparente punto final para quienes albergaban la esperanza de que Jesús fuese el Mesías. No se podía decir de una manera más clara, pero el maldito de Dios, no podía ser su enviado. El crucificado no podía ser quién trajese libertad y justicia a su pueblo, sino simplemente el expulsado por una sociedad y una religión que se sentían ahora más seguros sin él. Porque al fin y al cabo, aquel nazareno, aquel personaje marginal que ahora colgaba de una cruz, lo único que había hecho durante años, era desmontar seguridades y tergiversar verdades que parecían inamovibles.


Sin embargo todos sabemos que hubo algo que hizo cambiar la visión de sus seguidores. El sentimiento de engaño, la frustración y el miedo, dejaron paso en algún momento a la duda, que posteriormente se convirtió en la convicción de que Jesús había sido exaltado por Dios, y de que realmente sí había sido su enviado. Jesús era el Mesías, pero un Mesías queer, eso no podían negarlo. Tenían el convencimiento de algo que no podían demostrar ante los religiosos de su tiempo, pero la experiencia les fue suficiente. Se convirtieron en seguidores de un Mesías crucificado, de un Mesías imposible, no por su capacidad de razonarlo desde un punto de vista teológico, sino porque experimentaron que aquel crucificado seguía vivo. 

Pero la lucha entre la tradición, que les negaba toda posibilidad de entender a Jesús como su Mesías, y su experiencia, seguía viva. Los textos mesiánicos clásicos(1), aunque no utilizaban la palabra Mesías, habían sido siempre interpretados para crear la expectativa de un rey salvador que defendería a Israel de sus enemigos y traería la paz. No había vuelta de hoja, no había otra posibilidad, todo lo demás era salirse de la interpretación “correcta” de textos bíblicos tan claros: “Porque nos ha nacido un niño, Dios nos ha dado un hijo, al cual se le ha concedido el poder de gobernar. Y le darán estos nombres: Admirable en sus planes, Dios invencible, Padre eterno, Príncipe de la paz. Se sentará en el trono de David; extenderá su poder real a todas partes y la paz no se acabará; su reinado quedará bien establecido, y sus bases serán la justicia y el derecho desde ahora y para siempre”. La evidencia era que Jesús no había cumplido esta expectativa. 


Pero fue tan fuerte el impacto que Jesús había dejado en sus seguidores, fue tan real la sensación de que seguía vivo, que los discípulos se atrevieron a leer los textos bíblicos, no a partir de la ortodoxia, sino a partir de su experiencia, para encontrar algo que tuviera que ver con lo que estaban viviendo. Es sorprendente, cuando uno lee los evangelios, la capacidad que tuvieron de aplicar a Jesús textos del Antiguo Testamento que a simple vista parecen forzados; sin embargo primero estaban sus vivencias con Jesús, y a partir de ellas, todo lo demás. 

Fue entonces cuando un texto escrito cientos de años antes, y que mostraba la esperanza de que los judíos exiliados en Babilonia fueran liberados por Ciro, fue interpretado por los discípulos como un texto mesiánico, un texto que hablaba de su Mesías crucificado. Jamás antes la tradición oficial había interpretado este texto de esta forma, pero para los discípulos era tan evidente que no necesitaron justificarse: “Todos nosotros nos perdimos como ovejas siguiendo cada cual su propio camino, pero el Señor cargó sobre él la maldad de todos nosotros. Fue maltratado, pero se sometió humildemente y ni siquiera abrió la boca; lo llevaron como cordero al matadero, y él se quedó callado, sin abrir la boca, como una oveja cuando la trasquilan. Se lo llevaron injustamente y no hubo quien lo defendiera; nadie se preocupó de su destino. Le arrancaron de esta tierra, le dieron muerte por los pecados de mi pueblo. Lo enterraron al lado de hombres malvados, lo sepultaron con gente perversa, aunque nunca cometió ningún crimen ni hubo engaño en su boca (2)”.

Lo interesante es que el hecho vergonzoso que impedía a Jesús ser el Mesías, su crucifixión, se convierte poco a poco en el punto más importante para el cristianismo. Sin crucifixión no hay salvación, llegará a afirmar Pablo más tarde. El escándalo no es borrado, sino reinterpretado teológicamente a partir de la experiencia, y puesto en el centro del pensamiento cristiano. El Mesías colgado en una cruz, que con los ojos de la tradición sólo podía ser un absurdo, se convirtió en la muestra de amor más grande que Dios ha hecho por el ser humano. Lo extraño, lo raro, lo diferente, lo queer, fue la posibilidad utilizada por Dios para revelarse como nunca antes, y como jamás después volverá a hacerlo. 

Jesús fue queer, como muchos de nosotros, pero sólo a través de su ser queer, de atreverse a ser un Mesías atípico pudo traer salvación al mundo, y a las estructuras rígidas de una religiosidad centrada en lo previsible. Podríamos esconder nuestra diferencia, aquello que nos aleja de lo que se espera de nosotros, para vivir una fe predecible que nos lleve siempre a lo que otros han dicho antes de cómo deberíamos ser. O podríamos, como nuestro Mesías, atrevernos a ser quienes somos, a poner la diferencia en el centro de nuestra reflexión teológica y de nuestra vida para saber que es lo que Dios ha querido decirnos con ella. Traducir toda nuestra fe, esperanzas, la manera de estar en el mundo o de acercarnos al texto bíblico, a partir de nuestra experiencia como mujeres y hombres queer. Es la posibilidad que Dios nos ha brindado, la tarea que nos ha encomendado: ser cristianos queer que siguen a un Mesías queer, no desde la ortodoxia, sino desde la vida, tal y como ésta nos ha sido dada. 

                                                                                                                                Carlos Osma

Notas:
(1) Is 8,23-9,6; 11,1ss; Miq 5,1ss; Zac 9,9s.
(2) Is 53, 6-9

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