lunes, marzo 5

En el vientre del gran pez


Podemos vivir por muchos motivos en la oscuridad del vientre de un gran pez. No importa que estemos rodeados de luces de colores o de ruidos estridentes, ni siquiera importa que, al igual que las olas, cientos de personas bailen alrededor nuestro dispuestas a cogernos en sus brazos. Aunque lo realmente importante no es conocer los motivos que nos trajeron hasta aquí dentro, sino saber, si ya estamos dispuestos a pedir que la boca del pez se abra en aquella playa que juramos no volver a pisar.
Tenemos muy claro porque hemos llegado a esta situación: hay exigencias divinas que no son fáciles de cumplir. Sabemos como Jonás, quienes nos han hecho daño, quienes estuvieron a punto de destruirnos a nosotros y a nuestras familias, y quienes nos condujeron al exilio. No hace falta que nos digan dónde está Nínive, no necesitamos ni cruces, ni cartelitos que nos orienten. Por eso cogimos el primer barco en dirección contraria.
La misericordia de Dios también la conocemos de sobra. Si hay algo que debemos a Nínive es que gracias a que nos empujó al exilio, aprendimos hasta dónde puede llegar el amor de Dios. Que más allá de la propia tierra, de nuestra familia o del templo, su amor no desaparece, sino que nos sostiene y nos empuja a seguir hacia delante. En aquel destierro supimos que significa realmente el perdón de Dios, por eso ahora tenemos miedo a que su perdón alcance la ciudad que casi acabó con nosotros.
Podríamos decir en un momento lo que deseamos para el pueblo ninivita: que siga lejos, muy lejos de nosotros. Que su recuerdo vaya apagándose y llegue un día que esté bien enterrado. Ni siquiera les deseamos nada malo, ya tienen suficiente con no entender el amor de Dios, ya tienen bastante con seguir a un dios falso que sólo trae destrucción y sufrimiento, con eso nos sentimos bien pagados. Jamás conocerán al Dios que curó nuestras heridas, que arrojó nuestros pecados en el fondo del mar, y que nos enseñó a ser libres.
Por eso ahora no entendemos nada, no comprendemos cómo nos dice que también se preocupa por ellos, que les ama. El que sostuvo al israelita también lo hace con el ninivita, y eso nos desconcierta. Preferiríamos creer otra vez en los dioses tribales, para tener un dios propio y no tener que compartirlo con ellos. Pero eso ya no puede ser, y el Dios que compartimos, y al que debemos todo, nos llama para ir a Nínive. No queremos ir, porque además de las heridas que nos abriría el viaje, seguro que no seremos bien recibidos.

Sería mejor actuar como Esdras o Nehemías, separando los justos de los injustos, los nuestros de los otros. Ellos nos dieron un claro ejemplo de cómo un pueblo debe restaurarse, no es muy complicado, el primer paso siempre es construir una buena muralla para aislarnos y protegernos del mundo exterior. Pero ¿por qué no es esto lo que Dios nos pide ahora? ¿Porqué tenemos que devolver su misericordia a quién nos hizo daño? ¿Porqué no le basta con nuestros sacrificios personales?
Siempre Dios pide un paso más, no nos permite estar parados, constantemente nos sorprende con una nueva demanda. No abandonará jamás a la víctima, y luchará por su dignidad, pero de la misma forma no abandonará al verdugo y pedirá que le llamemos a la conversión. Con este Dios disputamos en el vientre del gran pez, porque un Dios verdaderamente tierno y compasivo con todos, es un Dios difícil.
Quizás no estemos preparados aún para perdonar, y sobre todo para ver como Dios se desvive por aquellos que nos hicieron sufrir. Puede ser que todavía no hayan pasado, como en Jonás, o como en Jesús, los tres días necesarios para superar el dolor. Pero nunca fuimos llamados para quedarnos en el vientre de un gran pez. Nínive nos ha esperado desde el principio.
Evidentemente ellos no lo saben, pero Dios nos envía para decirles que aún pueden arrepentirse y acercarse más a Él. No somos sólo objetos que los ninivitas despreciaron o que Dios rescató, somos también sujetos de la historia de la salvación. Sujetos llamados a mostrar a Nínive como es el Dios que ellos parecen no conocer.
                                                                       
                                                                                                                             Carlos Osma

 La imagen con la que se ilustra el artículo es de Aquiles Azar Billini, y tiene por título "Como Jonás en el vientre  del gran pez.

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