miércoles, abril 21

La túnica de José


El libro del Génesis termina narrándonos la historia de José, hijo de Raquel y Jacob. Amores, odios, venganza y perdón, recorren a partes iguales esta perla de la literatura universal, en la que cientos de generaciones han visto reflejadas sus experiencias con otros seres humanos y con Dios. Como siempre se han levantado voces apropiándose de la lectura correcta y verdadera, obligando al resto a ponerse en su piel y en sus ojos, antes que en los propios. Muchos han caído en este engaño y los han creído, olvidando que Dios puede hablarles también a ellos a través de ese joven y guapo José, a quien sus hermanos despreciaban.

No sé si José se sabía diferente antes, pero el regalo que le hizo su padre a los 17 años, dejaba bien claro que no era igual que el resto de sus hermanos. Una túnica de colores puso al descubierto que su padre sentía un profundo amor por él. Todas aquellas tonalidades, que a partir de entonces adornaban su cuerpo, mostraban de una forma llamativa al resto del mundo que Jacob estaba al lado de José. No había que esconder los matices del rojo, el verde, el rosa o el negro que recorrían aquella túnica. Eso hubiera sido un desprecio inaceptable para quien con aquel trozo de tela quería decirle a su hijo que lo amaba.

José tenía sueños, era capaz de mirar al futuro, pero al principio no se creyó autorizado para interpretarlos sólo. Por eso los compartió con los que tenía más cerca, con su padre y sus hermanos. Quizás era demasiado joven aún para darse cuenta de que no todo el mundo tiene sueños, y de que los suyos invertían el orden establecido en la familia por las tradiciones más ancestrales. José no era ni el padre, ni el hermano mayor, por lo tanto era él quien debía inclinarse ante ellos. Pero los sueños de José no tenían su origen en lo establecido socialmente, sino en la libertad de elección de Dios. Era Yahvé el que lo había escogido, y el que finalmente escribiría rectamente, los renglones que sus hermanos trataron de torcer.

Dentro de la cisterna no había agua, eso fue lo que salvó a José de morir ahogado al instante, sin embargo, allí dentro, la muerte lo amenazaba constantemente. Sus hermanos lo habían lanzado al pozo para esconderlo, dentro de esa oscuridad los colores de su túnica eran imposibles de distinguir. Estaba sólo en aquellas profundidades casi demoníacas, pensando quizás, que era lógico que Benjamín no se hubiera atrevido a defenderle. Eran diez contra uno, estaba en minoría, y además era el menor de todos. Y aunque en ningún momento dudaría del amor de su hermano, sabría que a Benjamín le había faltado la fe; si hubiera confiado más en Dios que en su estrategia, hubiera estado preparado como él, para ser testigo de la salvación de Dios.


Mientras se alejaba de su familia y de su mundo, José echaría de menos la túnica que sus hermanos le arrancaron antes de venderle a los ismaelitas. Con ellos, que mucho tiempo antes habían sido desterrados por no respetar la leyes de la familia que situaban a Isaac como heredero legal antes que a Ismael, se dirigía hacia el día del cumplimiento de sus sueños. Probablemente encadenado, y pensando en su padre, llegó a Egipto. Allí ya no pidió a los demás la interpretación de sus sueños, sino que se atrevió él mismo a ponerles palabras, a los suyos y a los de los demás. Gracias a eso, y a la voluntad divina, volvió a vestirse con otra túnica de fino lino que expresaba al mundo entero cual era la identidad a la que Dios lo había llamado.

Sus hermanos utilizaron la sangre de un cabrito para esconder su odio hacia él, era la coartada perfecta para esconder sus inseguridades más profundas, con ella justificaron su cruel acción. Pensaron que manchando la túnica de colores con la sangre del sacrificio podrían dormir tranquilos, la mentira les protegería de la ira de su padre. Pero esto no fue así, por mucho que lo intentaron. Cada día que miraban a los ojos a su padre Jacob, escuchaban la voz de Dios dentro de ellos preguntando: “¿dónde está José tu hermano?” Y aunque ellos respondían que no lo sabían, una voz enérgica les decía: “la voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”(1).

Con ese temor, que durante años escondieron en su interior, se encontraron con José años más tarde. Pero si había algo que había aprendido José, era que él no era nadie para buscar venganza. Así que prefirió disfrutar junto a ellos de la nueva oportunidad que Dios les daba, en vez de mantener el odio que hubiese acabado a la larga con todos ellos. Le bastaba saber que: “vosotros pensasteis mal contra mí, más Dios lo encamino a bien, para hacer lo que veis hoy(2)”. Por eso se dejó llevar por sus sentimientos, por eso cuando vio a su hermano Benjamín se echó sobre él, lo abrazó y lloró. Y por eso, quizás, esta es una suposición mía, cuando Jacob revivió al reencontrarse con su hijo, le entregó la túnica de colores manchada con la sangre del sacrificio de un cabrito, que desde hacía años tenía guardada.

Carlos Osma

(1) Gn 4, 9-10

(2) Gn 50, 20


Fuente: Lupa Protestante

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