jueves, marzo 25

En busca de una espiritualidad homosexual III


No hay actitudes más destructivas para cualquier espiritualidad homosexual que la pasividad y el rencor. Es cierto que los cristianos homosexuales aprendimos a despreciarnos, mirándonos a través de los ojos del dios de la heteronormatividad, y que los seguidores de este dios ignorante y cruel nos ofrecieron en sacrificio para defender su sistema de poder heterosexual. Las lesbianas y gays cristianos no podemos eliminar esto de nuestro pasado, o incluso de nuestro presente. Pero si pensamos que no hay posibilidad de cambiar las cosas, de transformarlas; colaboramos con idéntica responsabilidad en el mantenimiento del sistema opresor.

Ante la pasividad respondemos con libertad. En los dos artículos anteriores sobre el tema, la salida de los esclavos de Egipto nos ayudó a reflexionar sobre el Dios que nos libera. Algunos comentarios nos hicieron ver que quizás era más apropiado hablar de liberación, que de libertad. Personalmente opino que hay un momento en el que la persona homosexual tiene experiencia de un Dios que le ama tal y como ella es, en ese instante las cadenas psicológicas, religiosas y sociales caen, y se reconoce a sí mismo como una persona libre. Éste es el punto de partida de una espiritualidad homosexual sana, ser consciente de la libertad a la que Dios nos llama. Esa llamada por sí misma, ya nos convierte en personas libres. Sin embargo, como me señalaron en algunos comentarios, para expresar el proceso que viene después, sería mejor utilizar la palabra liberación. Responde mejor a nuestra experiencia, puesto que sabemos que vamos en camino hacia una tierra prometida, camino en el que iremos liberándonos de los antiguos prejuicios que tenemos arraigados, y camino que nos permitirá conocer mejor a Dios, en la medida que nos comprometamos en la liberación de todo ser humano.

La liberación de los prejuicios en los que habíamos sido educados, no crea de por sí una espiritualidad positiva si el rencor se mantiene. La espiritualidad homosexual debe ser consciente de que el amor es la única respuesta satisfactoria, si realmente pretende ir tras las pisadas de quien nos ha salvado. La vida, la crucifixión y la resurrección de Cristo, centro del cristianismo, es el lugar desde donde interpretar el sentido y el alcance de este amor al que estamos llamados.

La vida de Jesús nos muestra una praxis continua de liberación de mujeres y hombres que se supieron amadas por Dios. Un Dios que no era juez, ni el responsable de nuestro sufrimiento, que no respetaba las absurdas exclusiones humanas, y que se comportaba con todos como un padre amoroso. Esta forma de actuar de Jesús, de mostrarse libre para amar a cualquier ser humano en todo momento, creó recelo entre los religiosos de su tiempo. Aquel Dios que Él mostraba, no era el dios de la religión, sino del amor y de la libertad. Los religiosos se sintieron amenazados, y se dieron cuenta de que su poder, su capacidad de decir lo que era o no correcto, la visión del mundo que proponían; quedaba cuestionada por aquel “glotón y bebedor, amigo de gente de mala fama”. Podríamos decir que Jesús tuvo la misma relación con respecto a la religión de su tiempo que la mayoría de homosexuales a lo largo de la historia, y que eso no hizo que su espiritualidad, su convicción de ser el Hijo amado de Dios cambiara. De hecho, nos enseñó que el camino para vivir el amor infinito de Dios, pasaba por amar a estos pobres hombres y mujeres religiosos que, como a veces nosotros, no tenían ni idea de quien era Dios y en que consistía seguirle. No podemos vivir una espiritualidad homosexual cristiana, si renunciamos a amarnos, si no nos sentimos amados por Dios, y si no estamos convencidos de que es necesario amar a quienes nos discriminan.


El poder religioso se unió al político para asesinar finalmente a Jesús en una cruz. La cruz puede verse como el símbolo de un amor consecuente, del amor de Jesús que no dio un paso atrás, aún sabiendo que todo hacía preveer que los dirigentes religiosos y políticos acabarían con él. Jesucristo amó y asumió las consecuencias, si no lo hubiese hecho su amor no hubiera sido real. Amar de palabra, no es amar, los homosexuales sabemos que aquello de “Dios ama a los homosexuales pero..., yo amó a los homosexuales pero...” es vana palabrería. En el amor que Dios nos enseñó no hay condiciones ni peros, hay amor profundo, y deseo de una relación verdadera con el ser humano. Por tanto en el amor que ilumina una espiritualidad homosexual liberada, tampoco debe haber peros para amar a quienes injustamente nos condenan.

La cruz nos enseña además, que evitar el conflicto no fue la opción de Jesús. El conflicto está inevitablemente unido a la comunidad de los seguidores del crucificado. El reino de Dios no vendrá sin resistencias ni enfrenamientos, y por tanto sin dolor ni sufrimiento. El amor al que Dios nos llama sabe donde quiere llegar, y las dificultades que esto supone. Pero aún así, es un amor que asume los riesgos y se pone en camino. Con la esperanza de que al igual que Dios no abandonó a Jesucristo, y lo resucitó de los muertos, ratificando de esa manera su mensaje, tampoco lo hará con nosotros. El Dios que nos ama está a nuestro lado, y responderá con justicia a toda injusticia del sistema heteronormativo que nos oprime. La resurrección nos anima a confiar, a esperar contra toda esperanza, a vivir una espiritualidad homosexual impregnada del amor de Dios, puesto que si ponemos nuestra confianza en quien nos amó primero, resucitaremos como él, a una vida más justa. La resurrección es posible para nosotros, para las iglesias que nos rechazan, y para el mundo en el que vivimos.

No sólo podemos cambiar las cosas, sino que las cosas cambiarán por la acción de Dios a través nuestro. Y este cambio no llegará a condición de que dejemos de ser quienes somos para acomodarnos a las exigencias heterosexistas que dicen venir del cielo, sino cuando seamos capaces de vivir una espiritualidad homosexual que esté impregnada de amor a nuestra realidad y a lo que nos envuelve. Amar a personas de nuestro mismo sexo, nos permitió descubrir lo desestabilizador que puede ser en nuestro entorno un amor no normativo. No es difícil por tanto deducir que la espiritualidad homosexual que viva impregnada de este amor creará más de un conflicto. Pero el conflicto no es ni su sentido ni su finalidad, como cualquier espiritualidad cristiana bien entendida, la que se encarna en una experiencia homosexual, aspira únicamente al seguimiento de Jesucristo.



Carlos Osma
Fuente: Lupa Protestante

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